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Posts Tagged ‘navidad’

Cuando Juan Gonzalo despertó, se encontró con una bicicleta recostada sobre la puerta de su cuarto. De prisa, corrió hacia ella, y se dejó deslumbrar por ese magnífico aparato. El marco era de aluminio, y brillaba; el sillín, rojo con unas rayitas negras; las llantas eran tan redondas y bonitas que parecían de mentiras: era pues la bicicleta que cualquier niño desearía tener.

Juan Gonzalo tocó tímidamente el marco de su regalo, dudando de que toda ella fuera real. Pero al sentir el frío del aluminio en la punta de su dedo, comprendió que era tan real como él. Así que sin más preámbulo la abrazó. No se lo podía creer: «Mi bici, por fin, mi propia bici», decía. Era el regalo con el cual el Niño Dios lo premiaba por haber sido el mejor en la escuela.

Todo comenzó cuando en el mes de Junio, sus padres le preguntaron:

    —Juango, ¿qué quieres que te traiga el Niño Dios este año?

El niño no vaciló un sólo momento y respondió:

    —Una bici, todos mis amigos tienen una. Yo soy el único que no.

    —Pero si quieres una bicicleta debes ser el mejor en todo; porque si no, el Niño Dios no te la traerá. Él sólo premia a los mejores.

    —Ya verán como sí seré el mejor en todo. Lo prometo.

Desde ese día Juan Gonzalo se empeñó arduamente en ser el mejor en todo aquello que hiciera. Estudiaba día y noche para los exámenes; llegaba muy bien preparado y los resolvía en la mitad del tiempo. Antes, le mostraba a sus compañeros los poquitos puntos que sabía, pero ahora, a pesar de saber siempre todos los puntos no le mostraba a nadie, temeroso de que otro le ganará el primer puesto que él merecía por tantas horas de sacrificio y esfuerzo. Nunca dejaba las tareas para después. Se volvió obediente en todo con la mamá y el papá. Y no sólo se esforzaba en el estudio y con los padres, también lo hacía con el fútbol, había logrado ser la estrella del equipo en el campeonato de la escuela. Así que esa bicicleta era la justa recompensa por sus esforzados méritos.

Contemplando su bicicleta Juan Gonzalo dio las gracias al Niño Dios, y comprendió cuánta razón tenía su padre. Salió corriendo hacia el cuarto de sus padres, gritando: «Mamá, mamá, el Niño Dios me trajo la bici». Los sacó de la cama y los llevó a su cuarto. «Está muy bonita. Ves cómo sí tenía razón: el Niño Dios premia a los niños buenos. Ahora disfrútala porque te la mereces», dijo su padre. Juan Gonzalo asintió. Enseguida quiso salir a montar, quería que sus amigos del barrio sintieran envidia de su hermosa bicicleta. Sin embargo, sus padres lo hicieron desayunar primero. En la mesa habló de sus nuevos proyectos. Practicaría mucho para ser como Lucho Herrera. «Claro que sí, dentro de unos diez años podrás ganar el Tour de Francia», lo animó su Padre. Luego de terminar el desayuno, salió por fin a montar bicicleta.

Cuando Juan Gonzalo salió con su bicicleta, todos sus amigos sintieron envidia, también los que no eran amigos, y estaban de paso por el barrio. Ahora todos tenían bicicleta y la de aluminio brillaba por encima de las otras.

Juan Gonzalo era el más lento; a pesar de que ya sabía montar, sus amigos lo aventajaban en práctica. Montaron juntos largo rato, pero decidieron parar, pues en poco tiempo sería el partido de fútbol contra el barrio vecino. A pesar de la insistencia de sus amigos, Juan Gonzalo no quiso ir a jugar, y dijo que prefería seguir montando bicicleta él solo. Antes de seguir, decidió ir a la tienda a tomar una gaseosa. Allí había un chico que no le había quitado la vista de encima.

    —Qué bicicleta tan bonita, ¿está nueva? —preguntó el chico.

    —Sí, me la trajo el Niño Dios. ¿Y a ti que te trajo?

    —Este reloj, mira —dijo el chico, mostrando su muñeca.

Juan Gonzalo se tomó su gaseosa en silencio. El chico lo miraba con ganas de conversar, de agradar, pero no sabía qué decir. Cuando Juan Gonzalo se disponía a irse, el chico lo llamó.

    —¿Qué tal si le das vueltas a la manzana y yo te cronometro el tiempo? Así sabrás cuánto mejoras en cada vuelta.

A Juan Gonzalo le agradó la idea. Así que la pusieron en marcha.

    —A la cuenta de tres empiezas —dijo el chico—. Uno, dos, tres.

Juan Gonzalo salió a toda velocidad dispuesto a hacer un récord mundial. Sin embargo tuvo varios obstáculos en el camino: un carro que salía de un garaje, unas señoras de lento caminar y un perro que lo asustó con su ladrido. El tiempo que tardó fue: 03:30. «Tuve varios obstáculos, esta vez lo haré mejor», dijo Juan Gonzalo. Volvió a intentarlo, y mejoró su tiempo: 03:15. En el tercer intentó alcanzó a bajar el tiempo hasta 03:10 min. Sin embargo, en los intentos posteriores no pudo mejorarlo. Después de diez intentos estaba rendido.

    —Tres minutos diez segundos es muy buen tiempo —lo animó el chico—, ¿por qué no me dejas intentarlo a mí a ver si logro superarte?

Juan Gonzalo observó al chico y dudó de que éste pudiera vencerlo a él. Era muy flaco. Pero para probarse, decidió dejar que lo intentara. El chico le entregó el reloj a Juan Gonzalo, y le explicó cómo se manejaba.

Juan Gonzalo gritó: «Uno, dos, tres». El chico salió a toda prisa. Juan Gonzalo sintió temor, quizás el chico sí lo pudiera hacer en mejor tiempo. Alternaba la mirada entre el cronometro y el frente. El tiempo pasaba. Cuando el cronometro marcó 03:10 y el chico aún no se veía, Juan Gonzalo levantó sus brazos en señal de victoria. Ahora sí estaba convencido de que ganaría el Tour de Francia algún día.

Felipo Zaná

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