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Milagro del olvido

No lograba decidirme entre Tolstoi y Dostoievski: las conversaciones de salones del primero o los pobres diablos del segundo; uno estaba en edición de lujo, el otro un poco maltratado por los años. Ya tenía bajo el brazo a Gabo, Mishima, Kafka, Neruda y Mutis. Seis libros era todo lo que podía llevar. Decidí cargar los dos rusos por el momento, luego decidiría; seguí revisando anaquel tras anaquel.

Aparte de un buen autor, buscaba buenos libros, de esos que jamás podría comprar nuevos en una librería por su elevado costo, o aquellos escasos, que nunca se encuentran, así se recorran todas las librerías de la ciudad. Para eso son los trueques literarios, son la oportunidad perfecta para librarse de los libros olvidados en casa, esos que se llenan de polvo o que sirven para estabilizar la mesa, aquellos que cuando se prestan a un amigo, muy en el fondo, deseamos que nunca nos los devuelvan; sin embargo, no lo manifestamos verbalmente, por esa manía de cifras, que, aunque no dan cuenta de nada, nos gusta que aumente, que la biblioteca sea admirada, ¡Ah tenés esta maravilla!, la he buscado toda la vida. Sí, la tengo, fue bastante difícil conseguirla. Y a cambio de esos libros de poco afecto que entregamos, salimos, por ejemplo, con un magnífico ejemplar de Tomás Gonzales o El mundo de Sofía.

En Francia no pude leer lo suficiente, me concentré por completo en mis estudios avanzados, así que moría de ganas por leer, leer buena prosa.

Cuando estaba a punto de dar la segunda revisión a todos los anaqueles, lo vi; aquel libro por cuya causa garabateo estas líneas. Se trataba de Milagro de la Rosa de Jean Genet. Autor nunca leído por mí, pero que numerosas veces lo había escuchado en diversas tertulias. Alcohólico, drogadicto, ladrón y homosexual: esas fueron las palabras que me vinieron a la mente. Sin embargo, no dejo que mi juicio se deje llevar por esos detalles, este autor había sido recomendado por Victor, debes leerlo, y rara vez me ha recomendado algo de poco valor. Otro más a los libros que llevaba, el juicio final sería difícil. Neruda y Gabo estaban a salvo, pero no así Kafka, el otro colombiano, los rusos, el japonés y el francés. Volarían cabezas, dos para ser exactos.

Todo sucedió cuando abrí la primera página del libro de Genet. Es posible que a usted, amable lector, le haya pasado; es posible que cuando compra un libro de segunda, o si también es amante de los trueques, le pase, es algo totalmente normal, es más, a mí mismo ya me había pasado antes. Cómo decirlo, Milagro de la Rosa estaba en los anaqueles del trueque, pero ese no era su lugar, debía estar en las manos de Daniel.

Enseguida me fijé en los otros, los detallé; a quienes antes solo veía como rivales que me quitarían algún tesoro; ahora, entre todos ellos, buscaba algún Daniel. Quería preguntarle cómo había podido ser tan canalla, quería decirle que Juli Alegría no se merecía semejante canallada; es cierto que no conocía sus historias, pero quería decirle que era un hijueputa. Ninguno de los presentes tenía cara de ser tan canalla, sin embargo, quise asegurarme y pronuncie el nombre de Daniel en voz alta. Nadie se sintió aludido, y todos siguieron con sus miradas en los estantes, buscando lo que buscaban. Cuando se trata de libros, suelo irme a otro mundo, y no reparo mucho en el mundo exterior; los presentes parecían ser de la misma calaña, así que volví a decir Daniel, pero esta vez en un todo más alto. Dio resultado, alguien levantó su rostro, pero quizás al no reconocer la cara de quien lo llamaba, siguió en lo suyo. Me acerqué a él, y tocándole el brazo, le dije: “Daniel, tengo que hacerte unas preguntas”. No, se equivoca, no me llamo Daniel.

Daniel no era él. Volví al libro de Genet, y leí nuevamente la dedicatoria, que decía así:

Ya, ya el viaje está cerquita. ¡Cómo pasa el tiempo! Me acuerdo hace unos meses, vos hablando de todas las expectativas: “Independencia, tiempo para pensar…” Las expectativas nos han alcanzado, tu sueño se hace realidad, te vas… Daniel, te admiro por ser siempre vos, por luchar y defender tus cosas; me pusiste a pensar, a hacer un alto en el camino, mirar hacia a mí y preguntarle a esa completa desconocida: ¿Quién sos? ¿Qué querés? ¿Por qué añoras lo perdido?

En mi corazón siempre estarás vos, tu acelere, tu conversadera, tus amores obsesivos, tu Machado, tu Homero, tu Kavafis, tu literatura, tu revolucionario corazón, tu música; tu pasión por escribir, por expresar a través de las palabras cada fibra de tu ser, y cada cabello de los que te rodean; tu odio hacia las cadenas y los valores establecidos en esta sociedad, tu singular locura, tu Borges, tus olvidos.

Aunque nunca lo dije, te aprendí a querer, fuimos amigos de “casa”, una amistad que no iba más allá de visitas: rara y distinta… Me gustó. Espero que aprendas demasiado, pero sobre todo que vuelvas algún día… El primer concierto de piano va para ti. Solo me queda decirte “Suerte”.

Te quiere, Juli Alegría.

Escríbeme:

Cll 4 # 15ª – 97.

La releí un par de veces más. Me sentí triste por Juli, y un terrible odio hacia Daniel. Ya eran tres los que estaban a salvo: el francés se había sumado a los dos primeros.

Volví al día siguiente al trueque esperando ver a Daniel. Llevaba el libro de Milagro de la Rosa, esperando que él me reconociera, se acercara y me dijera: Oiga, se lleva usted un buen libro. Ahora no me fijaba en los libros, sino que lo hacía detalladamente sobre cada una de las personas. Comprendí que es más difícil leer en un rostro que en una hoja. No podía decir quién era Daniel. Sin embargo, tiempo después supe que sí lo había visto, que Daniel estuvo allí, y supe las razones de por qué no había hecho ningún comentario sobre mi libro.

El trueque literario solo duraba dos días, así que al final de la tarde me sentí insatisfecho. Ya no podría encontrar a Daniel. Justo en ese momento, cuando se cerró ese camino, pensé en otro que tal vez desde un principio debió ser más obvio: Juli Alegría. Tenía su dirección. Pero qué le podía decir a Juli; con Daniel, lo tenía claro: cómo puede usted deshacerse tan fácil de este libro, sabiendo que se lo dieron con tanto amor, es usted un gran canalla. Con Juli, todo era distinto, que le podría decir: se acuerda de Daniel, pues mire, el dejó el libro que usted le regaló por ahí, no le importó, mire. ¡Ah, no le podría hacer semejante cosa a Juli! Es posible que ella se lo imaginara, que Daniel hubiera vuelto, que ellos hubieran tenido su historia y que por “x” o “y” circunstancia se terminaron odiando, entonces lo lógico, es que ella se imaginara eso. Sin embargo, también podría estar inocente, es más, podría no saber que Daniel volvió, que así como nunca le escribió, tampoco le habría telefoneado, no, no le podría decir semejante cosa a Juli, lo mejor sería que se dedicara a su piano. Sí, su amor y dedicación a su arte, sin duda la ayudarían a olvidar a ese canalla.

“Milagro de la Rosa” no lo quise leer inmediatamente, me quería olvidar de todo ese asunto, así que comencé con Mishima, luego siguió Gabo, quedé tan maravillado con él, que presté su obra completa en la biblioteca. Con Mishima y Gabo, me dieron ganas de leer a Kawabata, luego volví a Mutis, a Neruda y a Dostoievski. Cuando terminé con todos ellos, fui donde Victor, y me prestó otros autores: no me gustaron tanto.

De todas las Centrales de Francia, Fontevrault es la más turbadora. Es la que me ha producido mayor impresión de desamparo y desolación, y sé que los reclusos que han conocido otras cárceles han experimentado, con sólo oírla nombrar, una emoción, un sufrimiento, comparables a los míos.” Había comenzado la lectura de la novela, por tanto tiempo relegada al olvido: Milagro de la Rosa. La leí de un tirón y cuando terminé, salí inmediatamente de mi casa, tomé un taxi, le pase la novela al conductor, y le dije que me llevara a esa dirección.

Ahora que lo pienso, Juli Alegría no era tan alegre. Cuando entreabrió la puerta, pude apreciar un rostro triste, que me decía sin mucha emoción: Daniel, ¿cuándo llegaste?

Felipo Zaná

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