Feeds:
Posts
Comments

Posts Tagged ‘literatura’

La ruta del corazón

Cuando el bus terminó de recorrer los barrios del norte, y se disponía a tomar la autopista, se topó con un trancón de los mil demonios. Los innumerables automóviles que había delante se perdían en una estática lejanía. Todos los pasajeros del bus se impacientaron. Inmediatamente miraron sus relojes; la preocupación aumentaba con cada paso del veloz segundero: tenían el tiempo medido para llegar a sus trabajos o estudios. En ese momento, le comunicaron al conductor, por radio, dónde finalizaba el trancón: una eternidad, aun para él, que no tenía prisa por llegar a ningún lado: su única preocupación era recoger tantos pasajeros como fuera posible. Así que sin preámbulo, decidió no tomar la autopista, y se adentró por los barrios contiguos. Los pasajeros celebraron la elección del conductor; ahora sí llegarían justo a tiempo a sus trabajos, quizás unos pocos minutos tarde.

El conductor se fue abriendo paso a través de la vía alterna. Como algunas calles eran de una sola dirección, buscaba las correctas por las cuales transitar. Y en una de esas calles correctas la vida del conductor tomaría un rumbo inesperado. Fueron solamente unos segundos: la mirada del conductor se posó sobre una mujer que sentada fuera de su casa se dedicaba a tejer. Sería, tal vez, impreciso decir que el conductor se enamoró a primera vista; quedaría mejor explicado de la siguiente manera: el conductor ya no sería quien conduciría su vida: sería ella; ella lo atraería hacia sí, maniobraría por calles a la distancia y lo encaminaría hacia su cuadra. Todo eso pasaría, claro está, sin ninguno de los dos darse cuenta.

El bus, a pesar del conductor, siguió su avance y cuando desembocó en la autopista, ya había dejado atrás el inmenso trancón. Los pasajeros se alegraron, miraron nuevamente sus relojes, y siguieron alegres. El conductor, por su parte, sólo pensaba en la tejedora. El resto del día estuvo lleno de dificultades, por andar en las nubes, casi atropella a varios peatones; cuando los semáforos cambiaban a verde, el conductor y su bus se quedaban en rojo, hasta que las bocinas de los carros de atrás y los juramentos de los que pasaban por un lado los ponían en verde.

Cuando acabó la jornada, guardó el bus en la empresa y dio gracias de que no hubiera sucedido ningún accidente de gravedad, y siguió pensando en la tejedora.

 

Al día siguiente, se levantó de madrugada, y llegó muy temprano a su trabajo. Lavó el bus por fuera y por dentro: las ventanas, las llantas, los retrovisores… Lo dejó brilloso, reluciente, le quitó por lo menos diez años de encima, hubiera dado gusto montarse en ese bus. Media hora antes de comenzar su primer recorrido ya estaba sentado al volante, y cuando finalmente llegó la hora anhelada, comenzó su viaje. Recorrió los barrios del norte de la ciudad, y con sólo esos pasajeros el bus quedó lleno hasta el tope. Cuando estaba próximo a tomar la autopista, el sitio donde el día anterior se había encontrado con el trancón, viró hacia la derecha y se adentró por la vía alterna. Los pasajeros quedaron extrañados, y preguntaron el porqué de ese rumbo. El conductor tranquilamente respondió que más adelante había un trancón. «Es que esa autopista mantiene saturada, y con cualquier toque entre una moto y un carro se paraliza», añadió en tono de disculpa. Él sabía exactamente qué camino tomar, se acordaba claramente de la ruta del día anterior. Cuando llegó a la cuadra de la tejedora, disminuyó la velocidad. «Oiga, no tenemos todo el día», gritó una señora en el bus, exasperada por la lentitud con que manejaba el conductor. Pero él no la oyó en lo más mínimo, estaba pendiente de la tejedora. Y sí, ya la divisaba, ya la adoraba, ya le sonreía, ya se despedía, ya la extrañaba. A pesar de la poca velocidad con que pasó por la cuadra, sólo pudo disfrutar unos cuantos segundos de la vista de aquella hermosa tejedora; pero era suficiente para que quedara grabado en su mente hasta el más mínimo detalle. «Hoy llevaba el suéter muy adelante», pensaba. Cuando los gritos de exasperación de los pasajeros se generalizaron volvió, a medias, de las nubes; apenas lo suficiente para acelerar la marcha. El resto del recorrido fue similar al día anterior, estaba tan distraído que apenas se fijaba en los pasajeros que se subían, se le olvidaba cobrar el pasaje. Sólo pensaba en volver a verla, volver a verla, volver a verla, que importaba que fueran sólo unos segundos.

Por la noche al terminar su turno, las cuentas no le cuadraron, el dinero que tenía no cubría el número de pasajeros que marcaba la registradora. Era la primera vez que le pasaba.

El bus iba lleno, como una lata de sardinas. Hacía una semana que el conductor no veía a la tejedora. Era una eternidad para él, pero es que en el trabajo le habían advertido que si seguía tomando otra ruta lo despedirían. Muchas personas habían puesto la queja: «Llegué tarde al trabajo, porque ese conductor se metió por otra parte». Ya era una larga semana sin verla. Mientras conducía, iba pensando en la tejedora; después del suéter, había comenzado a tejer una bufanda, y el último día en que la vio estaba casi terminada. Se preguntaba adónde había ido a parar el suéter. Le molestaba la idea de que lo hubiera estado tejiendo para alguien especial que no fuera él. Así que esa idea la había desechado pronto. «Lo más probable es que trabaja con eso y los hace por encargo, o sólo los hace por distraerse; sí, eso debe de ser; o quizás sólo lo hace para disimular y verme pasar en el bus». En esos pensamientos estaba cuando se sorprendió en la cuadra de la tejedora. Se asustó. Y esta vez no pensó en ella, sino en su trabajo: lo perdería irremediablemente. Miró hacia atrás: ahí estaban los pasajeros. Los miró con un rostro de súplica. Con los gestos de su cara pedía que por favor lo entendieran, que todo lo había hecho por amor, que no había sido adrede, que él entendía sus prisas por llegar al trabajo, pero seguro que no había sido adrede. Estaba seguro de que alguno de ellos lo delataría; trató de distinguir quién sería, para dirigir a él sus súplicas, pero todos los pasajeros estaban igual de furiosos; habían estado alegando desde que no tomó la autopista, pero el conductor no los había oído siquiera; así que cualquiera podría ser el delator. O quién sabe, estaban tan furiosos que lo más seguro sería que todos lo delatarían. El caso es que su trabajo llegaría a su fin. Hundió el pie en el acelerador, y se dirigió rápidamente a la autopista. Se transformó en el más amable y donairoso de los conductores. Cuando los pasajeros se bajaban, les deseaba feliz día. La mayoría lo miraban con furia, al tiempo que consultaban el reloj. Los más osados le respondían: «Feliz día su abuela, llegué tarde por su culpa».

Por la tarde, al final de la jornada, con el bus ya vacío, se detuvo en una calle apacible, y ahí se quedó largo tiempo pensando. No tenía claro qué hacer. No quería perder su trabajo, pero era algo que ya no tenía remedio. Después de mucho meditarlo, levantó la vista y se dijo en voz alta: «Qué se va a hacer». Puso el bus en marcha. Al rato, entraba en la cuadra de la tejedora, disminuyó la velocidad, pero se encontró con que ella no estaba allí. «De pronto sólo teje en la mañana», pensó. Cuando llegó a la esquina de la cuadra, viró hacia la derecha. Le dio la vuelta a la manzana, y volvió a pasar nuevamente por el frente de la casa de ella.

 

Felipo Zaná

Read Full Post »

Cuando Juan Gonzalo despertó, se encontró con una bicicleta recostada sobre la puerta de su cuarto. De prisa, corrió hacia ella, y se dejó deslumbrar por ese magnífico aparato. El marco era de aluminio, y brillaba; el sillín, rojo con unas rayitas negras; las llantas eran tan redondas y bonitas que parecían de mentiras: era pues la bicicleta que cualquier niño desearía tener.

Juan Gonzalo tocó tímidamente el marco de su regalo, dudando de que toda ella fuera real. Pero al sentir el frío del aluminio en la punta de su dedo, comprendió que era tan real como él. Así que sin más preámbulo la abrazó. No se lo podía creer: «Mi bici, por fin, mi propia bici», decía. Era el regalo con el cual el Niño Dios lo premiaba por haber sido el mejor en la escuela.

Todo comenzó cuando en el mes de Junio, sus padres le preguntaron:

    —Juango, ¿qué quieres que te traiga el Niño Dios este año?

El niño no vaciló un sólo momento y respondió:

    —Una bici, todos mis amigos tienen una. Yo soy el único que no.

    —Pero si quieres una bicicleta debes ser el mejor en todo; porque si no, el Niño Dios no te la traerá. Él sólo premia a los mejores.

    —Ya verán como sí seré el mejor en todo. Lo prometo.

Desde ese día Juan Gonzalo se empeñó arduamente en ser el mejor en todo aquello que hiciera. Estudiaba día y noche para los exámenes; llegaba muy bien preparado y los resolvía en la mitad del tiempo. Antes, le mostraba a sus compañeros los poquitos puntos que sabía, pero ahora, a pesar de saber siempre todos los puntos no le mostraba a nadie, temeroso de que otro le ganará el primer puesto que él merecía por tantas horas de sacrificio y esfuerzo. Nunca dejaba las tareas para después. Se volvió obediente en todo con la mamá y el papá. Y no sólo se esforzaba en el estudio y con los padres, también lo hacía con el fútbol, había logrado ser la estrella del equipo en el campeonato de la escuela. Así que esa bicicleta era la justa recompensa por sus esforzados méritos.

Contemplando su bicicleta Juan Gonzalo dio las gracias al Niño Dios, y comprendió cuánta razón tenía su padre. Salió corriendo hacia el cuarto de sus padres, gritando: «Mamá, mamá, el Niño Dios me trajo la bici». Los sacó de la cama y los llevó a su cuarto. «Está muy bonita. Ves cómo sí tenía razón: el Niño Dios premia a los niños buenos. Ahora disfrútala porque te la mereces», dijo su padre. Juan Gonzalo asintió. Enseguida quiso salir a montar, quería que sus amigos del barrio sintieran envidia de su hermosa bicicleta. Sin embargo, sus padres lo hicieron desayunar primero. En la mesa habló de sus nuevos proyectos. Practicaría mucho para ser como Lucho Herrera. «Claro que sí, dentro de unos diez años podrás ganar el Tour de Francia», lo animó su Padre. Luego de terminar el desayuno, salió por fin a montar bicicleta.

Cuando Juan Gonzalo salió con su bicicleta, todos sus amigos sintieron envidia, también los que no eran amigos, y estaban de paso por el barrio. Ahora todos tenían bicicleta y la de aluminio brillaba por encima de las otras.

Juan Gonzalo era el más lento; a pesar de que ya sabía montar, sus amigos lo aventajaban en práctica. Montaron juntos largo rato, pero decidieron parar, pues en poco tiempo sería el partido de fútbol contra el barrio vecino. A pesar de la insistencia de sus amigos, Juan Gonzalo no quiso ir a jugar, y dijo que prefería seguir montando bicicleta él solo. Antes de seguir, decidió ir a la tienda a tomar una gaseosa. Allí había un chico que no le había quitado la vista de encima.

    —Qué bicicleta tan bonita, ¿está nueva? —preguntó el chico.

    —Sí, me la trajo el Niño Dios. ¿Y a ti que te trajo?

    —Este reloj, mira —dijo el chico, mostrando su muñeca.

Juan Gonzalo se tomó su gaseosa en silencio. El chico lo miraba con ganas de conversar, de agradar, pero no sabía qué decir. Cuando Juan Gonzalo se disponía a irse, el chico lo llamó.

    —¿Qué tal si le das vueltas a la manzana y yo te cronometro el tiempo? Así sabrás cuánto mejoras en cada vuelta.

A Juan Gonzalo le agradó la idea. Así que la pusieron en marcha.

    —A la cuenta de tres empiezas —dijo el chico—. Uno, dos, tres.

Juan Gonzalo salió a toda velocidad dispuesto a hacer un récord mundial. Sin embargo tuvo varios obstáculos en el camino: un carro que salía de un garaje, unas señoras de lento caminar y un perro que lo asustó con su ladrido. El tiempo que tardó fue: 03:30. «Tuve varios obstáculos, esta vez lo haré mejor», dijo Juan Gonzalo. Volvió a intentarlo, y mejoró su tiempo: 03:15. En el tercer intentó alcanzó a bajar el tiempo hasta 03:10 min. Sin embargo, en los intentos posteriores no pudo mejorarlo. Después de diez intentos estaba rendido.

    —Tres minutos diez segundos es muy buen tiempo —lo animó el chico—, ¿por qué no me dejas intentarlo a mí a ver si logro superarte?

Juan Gonzalo observó al chico y dudó de que éste pudiera vencerlo a él. Era muy flaco. Pero para probarse, decidió dejar que lo intentara. El chico le entregó el reloj a Juan Gonzalo, y le explicó cómo se manejaba.

Juan Gonzalo gritó: «Uno, dos, tres». El chico salió a toda prisa. Juan Gonzalo sintió temor, quizás el chico sí lo pudiera hacer en mejor tiempo. Alternaba la mirada entre el cronometro y el frente. El tiempo pasaba. Cuando el cronometro marcó 03:10 y el chico aún no se veía, Juan Gonzalo levantó sus brazos en señal de victoria. Ahora sí estaba convencido de que ganaría el Tour de Francia algún día.

Felipo Zaná

Read Full Post »

La verdad literal era que estaba enamorado de Mariana, sin embargo, nunca encontraba las palabras para declararle mi amor; apenas imaginaba una letra, y ya se me hacía un nudo en la garganta. Mi mamá me decía que era un mago con las palabras: sabía español y francés; mi abuela simplemente decía en tono irónico: “Valiente mago, ¿de qué te sirve tener las narices metidas en El Quijote todo el día, si ni siquiera eres capaz de hablarle a una mujer?”.

Por esos días me dedicaba a la traducción de El Quijote del español al francés. Era un buen ejercicio, veía cómo las palabras van cambiando a través de la historia: unas morían lamentablemente; en contraposición, otras nacían; había también las que traicionaban su primer significado, y ahora connotaban otra cosa totalmente diferente. Las palabras dependían del tiempo y  del espacio; sin embargo, a pesar de tener claro mi tiempo, mi espacio y mi intención comunicativa, mi timidez no permitía que yo encontrara las palabras adecuadas para dirigirme a Mariana.

Mariana era mi vecina, siempre la veía desde el balcón. Mi abuela me observaba con cierto aire de lástima, y un día no pudo soportarlo más y habló: «Regálale una flor, ese es el mejor obsequio para una mujer: una flor significa amor, ternura y cariño. Así fue como me conquistó tu abuelo». Decidí seguir su consejo, así no se me haría un nudo en la garganta.

Fui al Cementerio San Pedro. Allí encontré todo un arsenal de flores, las miraba y las miraba, y no podía decidirme por ninguna. Señalaba una flor y preguntaba su nombre; así fue que me di cuenta de que había: rosas, crisantemos, claveles, pompones, pensamientos, girasoles y orquídeas. Al ver mi indecisión, la viejita que atendía me preguntó: «¿Para quién es la flor, joven?». No supe qué responder. Entonces ella continuó: «Cada flor tiene su significado, así como las palabras: la rosa roja significa amor; la blanca, compromiso; la orquídea, respeto; el clavel, buena suerte. Debe ser muy cuidadoso al escoger, para dar el mensaje adecuado».

«Déme una rosa roja, por favor», dije.

«Rosa roja significa amor», iba diciéndome todo el tiempo en el bus. Estaba contento, la rosa expresaría perfectamente lo que yo sentía dentro de mí. Además, las palabras ya estaban muy gastadas: todo el mundo dice te amo por aquí, te amo por allá. O cuando sienten que el te amo se queda corto, entonces dicen un simple I love you. En cambio, ahora nadie regala flores. «Y ya nadie regala flores, porque la juventud de hoy en día es muy simple», me había dicho mi abuela.

Llegué a la casa de Mariana, toqué a la puerta. Me abrió su mamá.  Cuando Mariana salió, le estiré la rosa. Ella la recibió y me dijo: «Gracias, pero deberías querer un poquito más a la naturaleza».

Felipo Zaná

Read Full Post »

Milagro del olvido

No lograba decidirme entre Tolstoi y Dostoievski: las conversaciones de salones del primero o los pobres diablos del segundo; uno estaba en edición de lujo, el otro un poco maltratado por los años. Ya tenía bajo el brazo a Gabo, Mishima, Kafka, Neruda y Mutis. Seis libros era todo lo que podía llevar. Decidí cargar los dos rusos por el momento, luego decidiría; seguí revisando anaquel tras anaquel.

Aparte de un buen autor, buscaba buenos libros, de esos que jamás podría comprar nuevos en una librería por su elevado costo, o aquellos escasos, que nunca se encuentran, así se recorran todas las librerías de la ciudad. Para eso son los trueques literarios, son la oportunidad perfecta para librarse de los libros olvidados en casa, esos que se llenan de polvo o que sirven para estabilizar la mesa, aquellos que cuando se prestan a un amigo, muy en el fondo, deseamos que nunca nos los devuelvan; sin embargo, no lo manifestamos verbalmente, por esa manía de cifras, que, aunque no dan cuenta de nada, nos gusta que aumente, que la biblioteca sea admirada, ¡Ah tenés esta maravilla!, la he buscado toda la vida. Sí, la tengo, fue bastante difícil conseguirla. Y a cambio de esos libros de poco afecto que entregamos, salimos, por ejemplo, con un magnífico ejemplar de Tomás Gonzales o El mundo de Sofía.

En Francia no pude leer lo suficiente, me concentré por completo en mis estudios avanzados, así que moría de ganas por leer, leer buena prosa.

Cuando estaba a punto de dar la segunda revisión a todos los anaqueles, lo vi; aquel libro por cuya causa garabateo estas líneas. Se trataba de Milagro de la Rosa de Jean Genet. Autor nunca leído por mí, pero que numerosas veces lo había escuchado en diversas tertulias. Alcohólico, drogadicto, ladrón y homosexual: esas fueron las palabras que me vinieron a la mente. Sin embargo, no dejo que mi juicio se deje llevar por esos detalles, este autor había sido recomendado por Victor, debes leerlo, y rara vez me ha recomendado algo de poco valor. Otro más a los libros que llevaba, el juicio final sería difícil. Neruda y Gabo estaban a salvo, pero no así Kafka, el otro colombiano, los rusos, el japonés y el francés. Volarían cabezas, dos para ser exactos.

Todo sucedió cuando abrí la primera página del libro de Genet. Es posible que a usted, amable lector, le haya pasado; es posible que cuando compra un libro de segunda, o si también es amante de los trueques, le pase, es algo totalmente normal, es más, a mí mismo ya me había pasado antes. Cómo decirlo, Milagro de la Rosa estaba en los anaqueles del trueque, pero ese no era su lugar, debía estar en las manos de Daniel.

Enseguida me fijé en los otros, los detallé; a quienes antes solo veía como rivales que me quitarían algún tesoro; ahora, entre todos ellos, buscaba algún Daniel. Quería preguntarle cómo había podido ser tan canalla, quería decirle que Juli Alegría no se merecía semejante canallada; es cierto que no conocía sus historias, pero quería decirle que era un hijueputa. Ninguno de los presentes tenía cara de ser tan canalla, sin embargo, quise asegurarme y pronuncie el nombre de Daniel en voz alta. Nadie se sintió aludido, y todos siguieron con sus miradas en los estantes, buscando lo que buscaban. Cuando se trata de libros, suelo irme a otro mundo, y no reparo mucho en el mundo exterior; los presentes parecían ser de la misma calaña, así que volví a decir Daniel, pero esta vez en un todo más alto. Dio resultado, alguien levantó su rostro, pero quizás al no reconocer la cara de quien lo llamaba, siguió en lo suyo. Me acerqué a él, y tocándole el brazo, le dije: “Daniel, tengo que hacerte unas preguntas”. No, se equivoca, no me llamo Daniel.

Daniel no era él. Volví al libro de Genet, y leí nuevamente la dedicatoria, que decía así:

Ya, ya el viaje está cerquita. ¡Cómo pasa el tiempo! Me acuerdo hace unos meses, vos hablando de todas las expectativas: “Independencia, tiempo para pensar…” Las expectativas nos han alcanzado, tu sueño se hace realidad, te vas… Daniel, te admiro por ser siempre vos, por luchar y defender tus cosas; me pusiste a pensar, a hacer un alto en el camino, mirar hacia a mí y preguntarle a esa completa desconocida: ¿Quién sos? ¿Qué querés? ¿Por qué añoras lo perdido?

En mi corazón siempre estarás vos, tu acelere, tu conversadera, tus amores obsesivos, tu Machado, tu Homero, tu Kavafis, tu literatura, tu revolucionario corazón, tu música; tu pasión por escribir, por expresar a través de las palabras cada fibra de tu ser, y cada cabello de los que te rodean; tu odio hacia las cadenas y los valores establecidos en esta sociedad, tu singular locura, tu Borges, tus olvidos.

Aunque nunca lo dije, te aprendí a querer, fuimos amigos de “casa”, una amistad que no iba más allá de visitas: rara y distinta… Me gustó. Espero que aprendas demasiado, pero sobre todo que vuelvas algún día… El primer concierto de piano va para ti. Solo me queda decirte “Suerte”.

Te quiere, Juli Alegría.

Escríbeme:

Cll 4 # 15ª – 97.

La releí un par de veces más. Me sentí triste por Juli, y un terrible odio hacia Daniel. Ya eran tres los que estaban a salvo: el francés se había sumado a los dos primeros.

Volví al día siguiente al trueque esperando ver a Daniel. Llevaba el libro de Milagro de la Rosa, esperando que él me reconociera, se acercara y me dijera: Oiga, se lleva usted un buen libro. Ahora no me fijaba en los libros, sino que lo hacía detalladamente sobre cada una de las personas. Comprendí que es más difícil leer en un rostro que en una hoja. No podía decir quién era Daniel. Sin embargo, tiempo después supe que sí lo había visto, que Daniel estuvo allí, y supe las razones de por qué no había hecho ningún comentario sobre mi libro.

El trueque literario solo duraba dos días, así que al final de la tarde me sentí insatisfecho. Ya no podría encontrar a Daniel. Justo en ese momento, cuando se cerró ese camino, pensé en otro que tal vez desde un principio debió ser más obvio: Juli Alegría. Tenía su dirección. Pero qué le podía decir a Juli; con Daniel, lo tenía claro: cómo puede usted deshacerse tan fácil de este libro, sabiendo que se lo dieron con tanto amor, es usted un gran canalla. Con Juli, todo era distinto, que le podría decir: se acuerda de Daniel, pues mire, el dejó el libro que usted le regaló por ahí, no le importó, mire. ¡Ah, no le podría hacer semejante cosa a Juli! Es posible que ella se lo imaginara, que Daniel hubiera vuelto, que ellos hubieran tenido su historia y que por “x” o “y” circunstancia se terminaron odiando, entonces lo lógico, es que ella se imaginara eso. Sin embargo, también podría estar inocente, es más, podría no saber que Daniel volvió, que así como nunca le escribió, tampoco le habría telefoneado, no, no le podría decir semejante cosa a Juli, lo mejor sería que se dedicara a su piano. Sí, su amor y dedicación a su arte, sin duda la ayudarían a olvidar a ese canalla.

“Milagro de la Rosa” no lo quise leer inmediatamente, me quería olvidar de todo ese asunto, así que comencé con Mishima, luego siguió Gabo, quedé tan maravillado con él, que presté su obra completa en la biblioteca. Con Mishima y Gabo, me dieron ganas de leer a Kawabata, luego volví a Mutis, a Neruda y a Dostoievski. Cuando terminé con todos ellos, fui donde Victor, y me prestó otros autores: no me gustaron tanto.

De todas las Centrales de Francia, Fontevrault es la más turbadora. Es la que me ha producido mayor impresión de desamparo y desolación, y sé que los reclusos que han conocido otras cárceles han experimentado, con sólo oírla nombrar, una emoción, un sufrimiento, comparables a los míos.” Había comenzado la lectura de la novela, por tanto tiempo relegada al olvido: Milagro de la Rosa. La leí de un tirón y cuando terminé, salí inmediatamente de mi casa, tomé un taxi, le pase la novela al conductor, y le dije que me llevara a esa dirección.

Ahora que lo pienso, Juli Alegría no era tan alegre. Cuando entreabrió la puerta, pude apreciar un rostro triste, que me decía sin mucha emoción: Daniel, ¿cuándo llegaste?

Felipo Zaná

Read Full Post »

Me sorprendió mucho cuando me enteré de que se había suicidado. Hace 14 años habíamos prometido avisarnos cuando tomáramos la decisión. Fue en la época de la universidad, vivíamos de depresión en depresión, y fueron precisamente esas depresiones las que nos unieron. Disfrutábamos de nuestros discursos sobre la inutilidad de vivir, sobre la soledad, y nos aplaudíamos toda clase de sofismas. Llorábamos sin consuelo noches enteras, pegados de una botella de vino, escuchando música o recitando poemas. Leíamos el Werther, y era nuestro único héroe. De vez en cuando también leíamos poemas de María Mercedes Carranza. Hablábamos de las formas de morir, desde las más dolorosas y sangrientas hasta el monóxido de carbono, pasando por las más desesperantes. Decidimos que nos avisaríamos cuando tomáramos la fatal decisión, ya fuera por medio de una carta o una llamada telefónica; no recibí ni la llamada ni la carta. Luego de la universidad, fuimos perdiendo contacto. A los años me comunicó que se iba a casar. No asistí al matrimonio.

Un amigo mutuo de la universidad fue quien me contó del suicidio. Lo encontré por casualidad en la calle, y al verme fue lo primero que me dijo: «¿Te enteraste de lo de Andrea?». Al ver mi negativa, me lo soltó encima junto con 14 años de recuerdos, recuerdos tan pesados que acabaron por derrumbarme. No quise preguntar detalles, ni permití que me los contara, me sentía asqueado. La última noticia que había tenido de ella era que le iba de maravilla en el matrimonio. El matrimonio también había sido otra promesa rota: habíamos jurado nunca casarnos. Así que me dije a mí mismo que bien pudo haber hecho esto otro, que eso de las promesas había sido una época ya pasada, y que yo era el único tonto que todavía vivía en los recuerdos.

Esa noche visité el bar que solíamos frecuentar en los tiempos de mutua locura. Y sí, el bar también me lo dijo: «Las cosas cambian: lugares, objetos y personas por igual». Tenía el mismo nombre, y estaba ubicado en el mismo lugar, pero era otra administración; las mesas y las sillas estaban en lugares diferentes. Estaban dispuestas en formación de batalla, preparadas para atacar el recuerdo y la nostalgia de los viejos parroquianos que entraran nuevamente. Igual me quedé, era el lugar donde tenía más recuerdos de ella. Esa noche me embriagué y lloré. Esa noche fue un tormento, no podía con el mundo, y todo me dolía, incluso mucho más que los viejos dolores. Me sentí cobarde por seguir aún con vida, pero yo no había incumplido la promesa, y eso era algo que no le podía perdonar: su incumplimiento. Sus palabras estaban aún calientes en mi mente: «Yo también te avisaré el día en que decida matarme». Entonces, ¿qué fue lo que pasó, Andre? Lloré con más fuerza, y odié todo. Tenía la clara intención de matarme. Pero aún no era el momento, había mucho que recordar de ella. Me pregunté cómo habría sido su matrimonio. Lo vi pasar en un segundo por mi mente: primero habría sido la propuesta, luego el sí, luego la noche de bodas, luego los hijos, y siempre al lado de todo lo anterior, el olvido de las promesas y el pasado. Recuerdo que me llamó para preguntarme si quería ser el padrino de su primer hijo, recuerdo que yo estaba borracho, siempre estaba borracho por ese entonces; y le dije que qué me importaban a mí sus hijos. Sí, los hijos y el bienestar del matrimonio fueron borrando las promesas, fueron sumergiéndola en otra vida muy distinta a la de la juventud. Nuestros amigos de la universidad me lo contaban: que la vida de Andrea iba muy bien, que se había ganado la lotería con ese esposo, que qué par de niños tan bonitos los que tenía, sobre todo el primero. Salí del bar, jurando no volver a entrar, por traicionar el pasado,  y decidí ir a otro lugar que no tuviera nada de ella, quería pensarla en otro espacio. Con cada trago de vino la maldecía una y otra vez. «¿Qué pasó con tu flamante vida?», le gritaba. Sabía que su suicidio no tenía nada que ver con el pasado, porque ella lo había traicionado; tampoco habría sido remordimiento por traicionar ese pasado, porque no se tiene remordimiento de algo que se ha olvidado por completo.

Después de la universidad, la llamé en varias ocasiones, para decirle que ya, que ya había llegado mi momento. Y ella me decía que madurara, que si me iba a quedar en eso toda la vida, que había que crecer. Y yo le decía llorando que bueno, que no lo haría, que crecería. Entonces, ¿qué pasó, Andre?

Yo siento que sí, que me quedé en ese pasado, y todo el pasado me rodea. No crecí. Aún recuerdo cuando conocí a Andrea Arenas, a Andre, luego a la doctora Arenas, luego fue a la señora de Ramírez, pero de esas dos últimas tengo muy pocos recuerdos, apenas las conocí. ¡Ah!, qué canalladas las que hiciste a nuestro pasado, Andre. Andre, yo siempre he sido fiel al pasado, seguí en mi bohemia sin sentido y con sentido, en mis mojadas depresiones, seguí remando en las lagunas de vino barato. Andre, si supieras las ganas que tengo de matarme, pero ya verás que yo sí cumplo. Yo sí soy fiel a nuestro pasado. No te puedo llamar, no te puedo escribir, y seguiré con estas ganas de matarme. Ay, Andre; ay mi Andre, ¿por qué?

Felipo Zaná

Read Full Post »