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La ruta del corazón

Cuando el bus terminó de recorrer los barrios del norte, y se disponía a tomar la autopista, se topó con un trancón de los mil demonios. Los innumerables automóviles que había delante se perdían en una estática lejanía. Todos los pasajeros del bus se impacientaron. Inmediatamente miraron sus relojes; la preocupación aumentaba con cada paso del veloz segundero: tenían el tiempo medido para llegar a sus trabajos o estudios. En ese momento, le comunicaron al conductor, por radio, dónde finalizaba el trancón: una eternidad, aun para él, que no tenía prisa por llegar a ningún lado: su única preocupación era recoger tantos pasajeros como fuera posible. Así que sin preámbulo, decidió no tomar la autopista, y se adentró por los barrios contiguos. Los pasajeros celebraron la elección del conductor; ahora sí llegarían justo a tiempo a sus trabajos, quizás unos pocos minutos tarde.

El conductor se fue abriendo paso a través de la vía alterna. Como algunas calles eran de una sola dirección, buscaba las correctas por las cuales transitar. Y en una de esas calles correctas la vida del conductor tomaría un rumbo inesperado. Fueron solamente unos segundos: la mirada del conductor se posó sobre una mujer que sentada fuera de su casa se dedicaba a tejer. Sería, tal vez, impreciso decir que el conductor se enamoró a primera vista; quedaría mejor explicado de la siguiente manera: el conductor ya no sería quien conduciría su vida: sería ella; ella lo atraería hacia sí, maniobraría por calles a la distancia y lo encaminaría hacia su cuadra. Todo eso pasaría, claro está, sin ninguno de los dos darse cuenta.

El bus, a pesar del conductor, siguió su avance y cuando desembocó en la autopista, ya había dejado atrás el inmenso trancón. Los pasajeros se alegraron, miraron nuevamente sus relojes, y siguieron alegres. El conductor, por su parte, sólo pensaba en la tejedora. El resto del día estuvo lleno de dificultades, por andar en las nubes, casi atropella a varios peatones; cuando los semáforos cambiaban a verde, el conductor y su bus se quedaban en rojo, hasta que las bocinas de los carros de atrás y los juramentos de los que pasaban por un lado los ponían en verde.

Cuando acabó la jornada, guardó el bus en la empresa y dio gracias de que no hubiera sucedido ningún accidente de gravedad, y siguió pensando en la tejedora.

 

Al día siguiente, se levantó de madrugada, y llegó muy temprano a su trabajo. Lavó el bus por fuera y por dentro: las ventanas, las llantas, los retrovisores… Lo dejó brilloso, reluciente, le quitó por lo menos diez años de encima, hubiera dado gusto montarse en ese bus. Media hora antes de comenzar su primer recorrido ya estaba sentado al volante, y cuando finalmente llegó la hora anhelada, comenzó su viaje. Recorrió los barrios del norte de la ciudad, y con sólo esos pasajeros el bus quedó lleno hasta el tope. Cuando estaba próximo a tomar la autopista, el sitio donde el día anterior se había encontrado con el trancón, viró hacia la derecha y se adentró por la vía alterna. Los pasajeros quedaron extrañados, y preguntaron el porqué de ese rumbo. El conductor tranquilamente respondió que más adelante había un trancón. «Es que esa autopista mantiene saturada, y con cualquier toque entre una moto y un carro se paraliza», añadió en tono de disculpa. Él sabía exactamente qué camino tomar, se acordaba claramente de la ruta del día anterior. Cuando llegó a la cuadra de la tejedora, disminuyó la velocidad. «Oiga, no tenemos todo el día», gritó una señora en el bus, exasperada por la lentitud con que manejaba el conductor. Pero él no la oyó en lo más mínimo, estaba pendiente de la tejedora. Y sí, ya la divisaba, ya la adoraba, ya le sonreía, ya se despedía, ya la extrañaba. A pesar de la poca velocidad con que pasó por la cuadra, sólo pudo disfrutar unos cuantos segundos de la vista de aquella hermosa tejedora; pero era suficiente para que quedara grabado en su mente hasta el más mínimo detalle. «Hoy llevaba el suéter muy adelante», pensaba. Cuando los gritos de exasperación de los pasajeros se generalizaron volvió, a medias, de las nubes; apenas lo suficiente para acelerar la marcha. El resto del recorrido fue similar al día anterior, estaba tan distraído que apenas se fijaba en los pasajeros que se subían, se le olvidaba cobrar el pasaje. Sólo pensaba en volver a verla, volver a verla, volver a verla, que importaba que fueran sólo unos segundos.

Por la noche al terminar su turno, las cuentas no le cuadraron, el dinero que tenía no cubría el número de pasajeros que marcaba la registradora. Era la primera vez que le pasaba.

El bus iba lleno, como una lata de sardinas. Hacía una semana que el conductor no veía a la tejedora. Era una eternidad para él, pero es que en el trabajo le habían advertido que si seguía tomando otra ruta lo despedirían. Muchas personas habían puesto la queja: «Llegué tarde al trabajo, porque ese conductor se metió por otra parte». Ya era una larga semana sin verla. Mientras conducía, iba pensando en la tejedora; después del suéter, había comenzado a tejer una bufanda, y el último día en que la vio estaba casi terminada. Se preguntaba adónde había ido a parar el suéter. Le molestaba la idea de que lo hubiera estado tejiendo para alguien especial que no fuera él. Así que esa idea la había desechado pronto. «Lo más probable es que trabaja con eso y los hace por encargo, o sólo los hace por distraerse; sí, eso debe de ser; o quizás sólo lo hace para disimular y verme pasar en el bus». En esos pensamientos estaba cuando se sorprendió en la cuadra de la tejedora. Se asustó. Y esta vez no pensó en ella, sino en su trabajo: lo perdería irremediablemente. Miró hacia atrás: ahí estaban los pasajeros. Los miró con un rostro de súplica. Con los gestos de su cara pedía que por favor lo entendieran, que todo lo había hecho por amor, que no había sido adrede, que él entendía sus prisas por llegar al trabajo, pero seguro que no había sido adrede. Estaba seguro de que alguno de ellos lo delataría; trató de distinguir quién sería, para dirigir a él sus súplicas, pero todos los pasajeros estaban igual de furiosos; habían estado alegando desde que no tomó la autopista, pero el conductor no los había oído siquiera; así que cualquiera podría ser el delator. O quién sabe, estaban tan furiosos que lo más seguro sería que todos lo delatarían. El caso es que su trabajo llegaría a su fin. Hundió el pie en el acelerador, y se dirigió rápidamente a la autopista. Se transformó en el más amable y donairoso de los conductores. Cuando los pasajeros se bajaban, les deseaba feliz día. La mayoría lo miraban con furia, al tiempo que consultaban el reloj. Los más osados le respondían: «Feliz día su abuela, llegué tarde por su culpa».

Por la tarde, al final de la jornada, con el bus ya vacío, se detuvo en una calle apacible, y ahí se quedó largo tiempo pensando. No tenía claro qué hacer. No quería perder su trabajo, pero era algo que ya no tenía remedio. Después de mucho meditarlo, levantó la vista y se dijo en voz alta: «Qué se va a hacer». Puso el bus en marcha. Al rato, entraba en la cuadra de la tejedora, disminuyó la velocidad, pero se encontró con que ella no estaba allí. «De pronto sólo teje en la mañana», pensó. Cuando llegó a la esquina de la cuadra, viró hacia la derecha. Le dio la vuelta a la manzana, y volvió a pasar nuevamente por el frente de la casa de ella.

 

Felipo Zaná

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