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Me sorprendió mucho cuando me enteré de que se había suicidado. Hace 14 años habíamos prometido avisarnos cuando tomáramos la decisión. Fue en la época de la universidad, vivíamos de depresión en depresión, y fueron precisamente esas depresiones las que nos unieron. Disfrutábamos de nuestros discursos sobre la inutilidad de vivir, sobre la soledad, y nos aplaudíamos toda clase de sofismas. Llorábamos sin consuelo noches enteras, pegados de una botella de vino, escuchando música o recitando poemas. Leíamos el Werther, y era nuestro único héroe. De vez en cuando también leíamos poemas de María Mercedes Carranza. Hablábamos de las formas de morir, desde las más dolorosas y sangrientas hasta el monóxido de carbono, pasando por las más desesperantes. Decidimos que nos avisaríamos cuando tomáramos la fatal decisión, ya fuera por medio de una carta o una llamada telefónica; no recibí ni la llamada ni la carta. Luego de la universidad, fuimos perdiendo contacto. A los años me comunicó que se iba a casar. No asistí al matrimonio.

Un amigo mutuo de la universidad fue quien me contó del suicidio. Lo encontré por casualidad en la calle, y al verme fue lo primero que me dijo: «¿Te enteraste de lo de Andrea?». Al ver mi negativa, me lo soltó encima junto con 14 años de recuerdos, recuerdos tan pesados que acabaron por derrumbarme. No quise preguntar detalles, ni permití que me los contara, me sentía asqueado. La última noticia que había tenido de ella era que le iba de maravilla en el matrimonio. El matrimonio también había sido otra promesa rota: habíamos jurado nunca casarnos. Así que me dije a mí mismo que bien pudo haber hecho esto otro, que eso de las promesas había sido una época ya pasada, y que yo era el único tonto que todavía vivía en los recuerdos.

Esa noche visité el bar que solíamos frecuentar en los tiempos de mutua locura. Y sí, el bar también me lo dijo: «Las cosas cambian: lugares, objetos y personas por igual». Tenía el mismo nombre, y estaba ubicado en el mismo lugar, pero era otra administración; las mesas y las sillas estaban en lugares diferentes. Estaban dispuestas en formación de batalla, preparadas para atacar el recuerdo y la nostalgia de los viejos parroquianos que entraran nuevamente. Igual me quedé, era el lugar donde tenía más recuerdos de ella. Esa noche me embriagué y lloré. Esa noche fue un tormento, no podía con el mundo, y todo me dolía, incluso mucho más que los viejos dolores. Me sentí cobarde por seguir aún con vida, pero yo no había incumplido la promesa, y eso era algo que no le podía perdonar: su incumplimiento. Sus palabras estaban aún calientes en mi mente: «Yo también te avisaré el día en que decida matarme». Entonces, ¿qué fue lo que pasó, Andre? Lloré con más fuerza, y odié todo. Tenía la clara intención de matarme. Pero aún no era el momento, había mucho que recordar de ella. Me pregunté cómo habría sido su matrimonio. Lo vi pasar en un segundo por mi mente: primero habría sido la propuesta, luego el sí, luego la noche de bodas, luego los hijos, y siempre al lado de todo lo anterior, el olvido de las promesas y el pasado. Recuerdo que me llamó para preguntarme si quería ser el padrino de su primer hijo, recuerdo que yo estaba borracho, siempre estaba borracho por ese entonces; y le dije que qué me importaban a mí sus hijos. Sí, los hijos y el bienestar del matrimonio fueron borrando las promesas, fueron sumergiéndola en otra vida muy distinta a la de la juventud. Nuestros amigos de la universidad me lo contaban: que la vida de Andrea iba muy bien, que se había ganado la lotería con ese esposo, que qué par de niños tan bonitos los que tenía, sobre todo el primero. Salí del bar, jurando no volver a entrar, por traicionar el pasado,  y decidí ir a otro lugar que no tuviera nada de ella, quería pensarla en otro espacio. Con cada trago de vino la maldecía una y otra vez. «¿Qué pasó con tu flamante vida?», le gritaba. Sabía que su suicidio no tenía nada que ver con el pasado, porque ella lo había traicionado; tampoco habría sido remordimiento por traicionar ese pasado, porque no se tiene remordimiento de algo que se ha olvidado por completo.

Después de la universidad, la llamé en varias ocasiones, para decirle que ya, que ya había llegado mi momento. Y ella me decía que madurara, que si me iba a quedar en eso toda la vida, que había que crecer. Y yo le decía llorando que bueno, que no lo haría, que crecería. Entonces, ¿qué pasó, Andre?

Yo siento que sí, que me quedé en ese pasado, y todo el pasado me rodea. No crecí. Aún recuerdo cuando conocí a Andrea Arenas, a Andre, luego a la doctora Arenas, luego fue a la señora de Ramírez, pero de esas dos últimas tengo muy pocos recuerdos, apenas las conocí. ¡Ah!, qué canalladas las que hiciste a nuestro pasado, Andre. Andre, yo siempre he sido fiel al pasado, seguí en mi bohemia sin sentido y con sentido, en mis mojadas depresiones, seguí remando en las lagunas de vino barato. Andre, si supieras las ganas que tengo de matarme, pero ya verás que yo sí cumplo. Yo sí soy fiel a nuestro pasado. No te puedo llamar, no te puedo escribir, y seguiré con estas ganas de matarme. Ay, Andre; ay mi Andre, ¿por qué?

Felipo Zaná

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