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A Flower for Mariana

Translated by Katie Jacoby

The literal truth was that I was in love with Mariana. I could never find the words, however, to confess my love to her; the mere letter of a word would begin to come together in my mind and a knot would immediately form in my throat. My mother used to tell me I was a prodigy with words, seeing as I spoke Spanish and French. My grandmother would simply scoff and say ironically, “All-knowing prodigy, what good does it do you to have your nose stuck in Don Quixote all day if you can’t even work up the nerve to talk to a girl?”

At that time, I was engrossed in a translation that I was doing of Don Quixote from Spanish to French. It was a good exercise to let me see how words change along the course of history: regrettably, some had died out; alternately, others had been born; there were still others that had turned their backs on their original meaning and now meant something entirely different. The words were dependent on time and location. In my case, however, despite being sure of my time, location, and communicative intention, my shyness kept me from being able to find the right words to talk to Mariana.

Mariana was my neighbor, and I would always spot her from my balcony. My grandmother would observe me with something of pity, and one day when she couldn’t take it any longer, she said to me, “Give her a flower—it’s the best gift for a woman. A flower means love, tenderness, and affection. That’s how your grandfather won my heart.” I decided to follow her advice, thereby wholly circumventing the problem of the knots in my throat.

I went to the flower stands outside St. Peter’s Cemetery. I encountered there a whole arsenal of flowers, but although I looked and looked, I couldn’t make up my mind. Pointing at a flower and asking what its name was, I learned that there were roses, chrysanthemums, carnations, dahlias, pansies, sunflowers, and orchids. Noticing my indecision, the old woman that was assisting me asked me, “Who are the flowers for?” I didn’t know what to say. She continued, “Each flower has a meaning, just like words themselves. Red roses mean love; white roses mean commitment; orchids, respect; carnations, luck. Make sure you choose carefully in order to send the right message.”

“A red rose, please,” I said.

“Red roses mean love,” I said over and over to myself on the bus ride home. I was satisfied; the rose would perfectly express what I felt inside. What’s more, words had become so trite—everyone everywhere goes around saying I love you this, I love you that. Or when they feel that a mere I love you doesn’t quite say enough, they’ll say it in another language. No one gives flowers anymore, though. My grandmother had said to me, “No one gives flowers anymore because young people these days are so unromantic.”

I arrived at Mariana’s house and knocked on the door. Her mother opened it. When Mariana stepped out, I held out the rose to her. She took it and said to me, “Thanks, but you should show a little more respect for nature.”

Felipo Zaná

La ruta del corazón

Cuando el bus terminó de recorrer los barrios del norte, y se disponía a tomar la autopista, se topó con un trancón de los mil demonios. Los innumerables automóviles que había delante se perdían en una estática lejanía. Todos los pasajeros del bus se impacientaron. Inmediatamente miraron sus relojes; la preocupación aumentaba con cada paso del veloz segundero: tenían el tiempo medido para llegar a sus trabajos o estudios. En ese momento, le comunicaron al conductor, por radio, dónde finalizaba el trancón: una eternidad, aun para él, que no tenía prisa por llegar a ningún lado: su única preocupación era recoger tantos pasajeros como fuera posible. Así que sin preámbulo, decidió no tomar la autopista, y se adentró por los barrios contiguos. Los pasajeros celebraron la elección del conductor; ahora sí llegarían justo a tiempo a sus trabajos, quizás unos pocos minutos tarde.

El conductor se fue abriendo paso a través de la vía alterna. Como algunas calles eran de una sola dirección, buscaba las correctas por las cuales transitar. Y en una de esas calles correctas la vida del conductor tomaría un rumbo inesperado. Fueron solamente unos segundos: la mirada del conductor se posó sobre una mujer que sentada fuera de su casa se dedicaba a tejer. Sería, tal vez, impreciso decir que el conductor se enamoró a primera vista; quedaría mejor explicado de la siguiente manera: el conductor ya no sería quien conduciría su vida: sería ella; ella lo atraería hacia sí, maniobraría por calles a la distancia y lo encaminaría hacia su cuadra. Todo eso pasaría, claro está, sin ninguno de los dos darse cuenta.

El bus, a pesar del conductor, siguió su avance y cuando desembocó en la autopista, ya había dejado atrás el inmenso trancón. Los pasajeros se alegraron, miraron nuevamente sus relojes, y siguieron alegres. El conductor, por su parte, sólo pensaba en la tejedora. El resto del día estuvo lleno de dificultades, por andar en las nubes, casi atropella a varios peatones; cuando los semáforos cambiaban a verde, el conductor y su bus se quedaban en rojo, hasta que las bocinas de los carros de atrás y los juramentos de los que pasaban por un lado los ponían en verde.

Cuando acabó la jornada, guardó el bus en la empresa y dio gracias de que no hubiera sucedido ningún accidente de gravedad, y siguió pensando en la tejedora.

 

Al día siguiente, se levantó de madrugada, y llegó muy temprano a su trabajo. Lavó el bus por fuera y por dentro: las ventanas, las llantas, los retrovisores… Lo dejó brilloso, reluciente, le quitó por lo menos diez años de encima, hubiera dado gusto montarse en ese bus. Media hora antes de comenzar su primer recorrido ya estaba sentado al volante, y cuando finalmente llegó la hora anhelada, comenzó su viaje. Recorrió los barrios del norte de la ciudad, y con sólo esos pasajeros el bus quedó lleno hasta el tope. Cuando estaba próximo a tomar la autopista, el sitio donde el día anterior se había encontrado con el trancón, viró hacia la derecha y se adentró por la vía alterna. Los pasajeros quedaron extrañados, y preguntaron el porqué de ese rumbo. El conductor tranquilamente respondió que más adelante había un trancón. «Es que esa autopista mantiene saturada, y con cualquier toque entre una moto y un carro se paraliza», añadió en tono de disculpa. Él sabía exactamente qué camino tomar, se acordaba claramente de la ruta del día anterior. Cuando llegó a la cuadra de la tejedora, disminuyó la velocidad. «Oiga, no tenemos todo el día», gritó una señora en el bus, exasperada por la lentitud con que manejaba el conductor. Pero él no la oyó en lo más mínimo, estaba pendiente de la tejedora. Y sí, ya la divisaba, ya la adoraba, ya le sonreía, ya se despedía, ya la extrañaba. A pesar de la poca velocidad con que pasó por la cuadra, sólo pudo disfrutar unos cuantos segundos de la vista de aquella hermosa tejedora; pero era suficiente para que quedara grabado en su mente hasta el más mínimo detalle. «Hoy llevaba el suéter muy adelante», pensaba. Cuando los gritos de exasperación de los pasajeros se generalizaron volvió, a medias, de las nubes; apenas lo suficiente para acelerar la marcha. El resto del recorrido fue similar al día anterior, estaba tan distraído que apenas se fijaba en los pasajeros que se subían, se le olvidaba cobrar el pasaje. Sólo pensaba en volver a verla, volver a verla, volver a verla, que importaba que fueran sólo unos segundos.

Por la noche al terminar su turno, las cuentas no le cuadraron, el dinero que tenía no cubría el número de pasajeros que marcaba la registradora. Era la primera vez que le pasaba.

El bus iba lleno, como una lata de sardinas. Hacía una semana que el conductor no veía a la tejedora. Era una eternidad para él, pero es que en el trabajo le habían advertido que si seguía tomando otra ruta lo despedirían. Muchas personas habían puesto la queja: «Llegué tarde al trabajo, porque ese conductor se metió por otra parte». Ya era una larga semana sin verla. Mientras conducía, iba pensando en la tejedora; después del suéter, había comenzado a tejer una bufanda, y el último día en que la vio estaba casi terminada. Se preguntaba adónde había ido a parar el suéter. Le molestaba la idea de que lo hubiera estado tejiendo para alguien especial que no fuera él. Así que esa idea la había desechado pronto. «Lo más probable es que trabaja con eso y los hace por encargo, o sólo los hace por distraerse; sí, eso debe de ser; o quizás sólo lo hace para disimular y verme pasar en el bus». En esos pensamientos estaba cuando se sorprendió en la cuadra de la tejedora. Se asustó. Y esta vez no pensó en ella, sino en su trabajo: lo perdería irremediablemente. Miró hacia atrás: ahí estaban los pasajeros. Los miró con un rostro de súplica. Con los gestos de su cara pedía que por favor lo entendieran, que todo lo había hecho por amor, que no había sido adrede, que él entendía sus prisas por llegar al trabajo, pero seguro que no había sido adrede. Estaba seguro de que alguno de ellos lo delataría; trató de distinguir quién sería, para dirigir a él sus súplicas, pero todos los pasajeros estaban igual de furiosos; habían estado alegando desde que no tomó la autopista, pero el conductor no los había oído siquiera; así que cualquiera podría ser el delator. O quién sabe, estaban tan furiosos que lo más seguro sería que todos lo delatarían. El caso es que su trabajo llegaría a su fin. Hundió el pie en el acelerador, y se dirigió rápidamente a la autopista. Se transformó en el más amable y donairoso de los conductores. Cuando los pasajeros se bajaban, les deseaba feliz día. La mayoría lo miraban con furia, al tiempo que consultaban el reloj. Los más osados le respondían: «Feliz día su abuela, llegué tarde por su culpa».

Por la tarde, al final de la jornada, con el bus ya vacío, se detuvo en una calle apacible, y ahí se quedó largo tiempo pensando. No tenía claro qué hacer. No quería perder su trabajo, pero era algo que ya no tenía remedio. Después de mucho meditarlo, levantó la vista y se dijo en voz alta: «Qué se va a hacer». Puso el bus en marcha. Al rato, entraba en la cuadra de la tejedora, disminuyó la velocidad, pero se encontró con que ella no estaba allí. «De pronto sólo teje en la mañana», pensó. Cuando llegó a la esquina de la cuadra, viró hacia la derecha. Le dio la vuelta a la manzana, y volvió a pasar nuevamente por el frente de la casa de ella.

 

Felipo Zaná

Miracle of omission

Translated by Katie Jacoby

I couldn’t decide between Tolstoy and Dostoyevsky—the salon discussions of the first or the poor bastards of the second; one was a collector’s edition, the other a little battered by the years. I already had García Márquez, Mishima, Kafka, Neruda and Mutis under my arm. Six was the maximum number of books I was allowed. I decided to take both of the Russians for the time being and later decide. I continued examining shelf after shelf.

Besides good authors, I was looking for good books, the kinds I’d never be able to buy new because of the high prices at bookstores, or those rare ones that you can never find, even if you scour all the bookstores in the city. That’s what book swaps are for, the perfect opportunity to divest yourself of books long-forgotten in your house, those ones covered in dust or that prop up a wobbly table, those ones that when you lend them to a friend, deep down you hope to never get back. We don’t actually admit this out loud, though, being as obsessed with numbers as we are. Although no one else notices, it pleases us that our collection expands, that our bookshelves are admired. Ah, you have this gem! I’ve been looking for it all my life. Yes, I have it, and just let me tell you, it was quite the task to get my hands on it. And in exchange for those books we hold such little affection toward, we leave with, for example, a magnificent copy of Tomás González or Sophie’s World.

In France, I didn’t manage to read much, fully concentrated as I was on my advanced studies, so I was naturally dying to read good prose.

When I was just about to scan all the shelves again, I saw it—the book responsible for the trajectory that would end in me scribbling these lines. It was Miracle of the Rose by Jean Genet, an author I’d never read but whose name I’d heard many times in various literary discussions. An alcoholic, drug addict, thief and homosexual: those were the first words that came to my mind. Still, I don’t let my judgment be clouded by details like those. The author had been recommended by Victor—you must read him—and the times are few and far between when he recommends me something that’s not good. Now with another book to add to the ones I was already hauling around, the final decision would be tricky. Neruda and García Márquez were safe, but not Kafka, the other Colombian author, the Russians, the Japanese or the French. Heads would have to be put on the chopping block—two to be precise.

It all happened when I opened to the first page of the book by Genet. It’s possible that it’s happened to you, dear reader; it’s possible that it takes place when you buy a used book or if you are also a fan of book swaps. It’s something completely normal and, what’s more, it had already happened to me before. How can I put it? Miracle of the Rose was on the shelves at the book swap, but it didn’t belong there—it belonged in Daniel’s hands.

I immediately took note of the other people there, scrutinizing them. Before, I saw them only as rivals that might beat me to some treasure; now I looked for a Daniel among them. I wanted to ask him how he had been capable of being such a jerk; I wanted to tell him that Joy didn’t deserve such low treatment. It’s true that I didn’t know his side of the story, but I wanted to tell him that he was a son of a bitch nonetheless. No one at the book swap had the kind of face befitting such a scoundrel. I wanted to be sure, however, so I called Daniel’s name out loud. Nobody looked up. Everyone just continued staring at the shelves, looking for whatever they were looking for.

When it comes to books, I usually go into a sort of trance and barely notice the outside world; the people around me seemed to be the same way, so I said “Daniel” again, this time louder. This time it had an effect, and someone lifted their head up, but maybe because they didn’t recognize the face calling them, they want back to browsing. I went up to him and, touching his arm, said, “Daniel, I need to ask you some questions.” No, you’re mistaken; I’m not Daniel. He wasn’t Daniel. I went back and reread the dedication penned in the Genet book, which went like this:

Finally, you’re about to take off. How time flies! I remember you talking about all your expectations just a few months ago: “Independence, time to think…” Those expectations are now within reach and your dream has become reality; you’re leaving… Daniel, I admire you for always being yourself, for fighting and standing up for your causes. You made me think, made me stop mid-journey, made me take a long look at myself and ask that total stranger: Who are you? What do you want? Why do you long for what you’ve lost?

In my heart, you’ll always remain just as you are, your zest for life, your fascinating way with words, your obsessive loves, your Machado, your Homer, your Cavafy, your literature, your revolutionary heart, your music; your passion for writing, for expressing through words every fiber of your being and every hair on the heads of those around you; your hatred for conventionality and the values entrenched in this society, your unique craziness, your Borges, your oversights.

I never told you this, but I grew to love you, although our friendship never went any further than your visits to my house, strange and unique… I liked it. I hope that you learn a great deal, but more than anything that you come back some day… The first piano concert will be dedicated to you. All that’s left for me to say to you is “Good luck.”

Love, Joy

Write me at: Cll 4 # 15a – 97

I reread it a few more times. I felt sad for Joy and a tremendous hatred for Daniel. Now there were three books that were safe: the French book had joined the ranks of the first two.

I went back to the book swap the next day, hoping to see Daniel. I took Miracle of the Rose with me, hoping that he’d notice me, approach me and say to me: Hey, that’s a good book you’ve got there. This time I wasn’t paying attention to the books, but instead watched all the people there closely. I realized that it’s more difficult to read a face than a page. I couldn’t tell which one was Daniel. Later on, however, I realized that I had seen him, that Daniel had been there after all, and I learned the reasons why he hadn’t said anything about the book.

The book swap lasted only two days, so at the end of the afternoon I felt unsatisfied. I would no longer be able to look for Daniel. Just then, as that door slammed shut, I thought of another that perhaps should have been more obvious from the beginning: Joy. I had her address. But what could I say to Joy? With Daniel, it was clear-cut: How could you get rid of this book so easily, knowing that it was given with so much love? You’re a real douchebag. With Joy, it was totally different. What could I say to her? Do you remember Daniel? Well, look, he gave away the book that you gave him; it didn’t even matter to him, look. No, I could never say such a thing to Joy! But it’s also possible that she had suspected as much—maybe Daniel had come back, they had continued their fling and then for whatever reason had broken it off bitterly, so then the logical thing would be that my news would come as no real blow. However, it could be that she was oblivious. She might not even know that Daniel had come back, seeing as he had never written or called. No, I couldn’t break that kind of news to Joy. The best thing would be for her to devote herself to the piano. Yes, her love and dedication to her art would surely help her forget that prick.

I didn’t want to read Miracle of the Rose immediately, wanting to forget about the whole thing, so I started with Mishima, and later came García Márquez. I was so wowed by him that I checked out all his works from the library. With Mishima and García Márquez, I became eager to read Kawabata, later returning to Mutis, Neruda, and Dostoyevsky. When I finished reading all of them, I went to Victor’s house and he lent me other authors—I didn’t like them as much.

Of all the state prisons of France, Fontevrault is the most disquieting. It was Fontevrault that gave me the strongest impression of anguish and affliction, and I know that convicts who have been in other prisons have, at the mere mention of its name, felt an emotion, a pang, comparable to mine.” I had begun reading the novel so long intentionally forgotten: Miracle of the Rose. I read it in one sitting and when I finished, I immediately ran out of my house, caught a taxi, handed the novel to the driver and told him to take me to that address.

Now that I think about it, Joy wasn’t all that joyful. When she cracked open the door, a sad face said to me without much emotion, “Daniel, when did you get back?”

Felipo Zaná

Cuando Juan Gonzalo despertó, se encontró con una bicicleta recostada sobre la puerta de su cuarto. De prisa, corrió hacia ella, y se dejó deslumbrar por ese magnífico aparato. El marco era de aluminio, y brillaba; el sillín, rojo con unas rayitas negras; las llantas eran tan redondas y bonitas que parecían de mentiras: era pues la bicicleta que cualquier niño desearía tener.

Juan Gonzalo tocó tímidamente el marco de su regalo, dudando de que toda ella fuera real. Pero al sentir el frío del aluminio en la punta de su dedo, comprendió que era tan real como él. Así que sin más preámbulo la abrazó. No se lo podía creer: «Mi bici, por fin, mi propia bici», decía. Era el regalo con el cual el Niño Dios lo premiaba por haber sido el mejor en la escuela.

Todo comenzó cuando en el mes de Junio, sus padres le preguntaron:

    —Juango, ¿qué quieres que te traiga el Niño Dios este año?

El niño no vaciló un sólo momento y respondió:

    —Una bici, todos mis amigos tienen una. Yo soy el único que no.

    —Pero si quieres una bicicleta debes ser el mejor en todo; porque si no, el Niño Dios no te la traerá. Él sólo premia a los mejores.

    —Ya verán como sí seré el mejor en todo. Lo prometo.

Desde ese día Juan Gonzalo se empeñó arduamente en ser el mejor en todo aquello que hiciera. Estudiaba día y noche para los exámenes; llegaba muy bien preparado y los resolvía en la mitad del tiempo. Antes, le mostraba a sus compañeros los poquitos puntos que sabía, pero ahora, a pesar de saber siempre todos los puntos no le mostraba a nadie, temeroso de que otro le ganará el primer puesto que él merecía por tantas horas de sacrificio y esfuerzo. Nunca dejaba las tareas para después. Se volvió obediente en todo con la mamá y el papá. Y no sólo se esforzaba en el estudio y con los padres, también lo hacía con el fútbol, había logrado ser la estrella del equipo en el campeonato de la escuela. Así que esa bicicleta era la justa recompensa por sus esforzados méritos.

Contemplando su bicicleta Juan Gonzalo dio las gracias al Niño Dios, y comprendió cuánta razón tenía su padre. Salió corriendo hacia el cuarto de sus padres, gritando: «Mamá, mamá, el Niño Dios me trajo la bici». Los sacó de la cama y los llevó a su cuarto. «Está muy bonita. Ves cómo sí tenía razón: el Niño Dios premia a los niños buenos. Ahora disfrútala porque te la mereces», dijo su padre. Juan Gonzalo asintió. Enseguida quiso salir a montar, quería que sus amigos del barrio sintieran envidia de su hermosa bicicleta. Sin embargo, sus padres lo hicieron desayunar primero. En la mesa habló de sus nuevos proyectos. Practicaría mucho para ser como Lucho Herrera. «Claro que sí, dentro de unos diez años podrás ganar el Tour de Francia», lo animó su Padre. Luego de terminar el desayuno, salió por fin a montar bicicleta.

Cuando Juan Gonzalo salió con su bicicleta, todos sus amigos sintieron envidia, también los que no eran amigos, y estaban de paso por el barrio. Ahora todos tenían bicicleta y la de aluminio brillaba por encima de las otras.

Juan Gonzalo era el más lento; a pesar de que ya sabía montar, sus amigos lo aventajaban en práctica. Montaron juntos largo rato, pero decidieron parar, pues en poco tiempo sería el partido de fútbol contra el barrio vecino. A pesar de la insistencia de sus amigos, Juan Gonzalo no quiso ir a jugar, y dijo que prefería seguir montando bicicleta él solo. Antes de seguir, decidió ir a la tienda a tomar una gaseosa. Allí había un chico que no le había quitado la vista de encima.

    —Qué bicicleta tan bonita, ¿está nueva? —preguntó el chico.

    —Sí, me la trajo el Niño Dios. ¿Y a ti que te trajo?

    —Este reloj, mira —dijo el chico, mostrando su muñeca.

Juan Gonzalo se tomó su gaseosa en silencio. El chico lo miraba con ganas de conversar, de agradar, pero no sabía qué decir. Cuando Juan Gonzalo se disponía a irse, el chico lo llamó.

    —¿Qué tal si le das vueltas a la manzana y yo te cronometro el tiempo? Así sabrás cuánto mejoras en cada vuelta.

A Juan Gonzalo le agradó la idea. Así que la pusieron en marcha.

    —A la cuenta de tres empiezas —dijo el chico—. Uno, dos, tres.

Juan Gonzalo salió a toda velocidad dispuesto a hacer un récord mundial. Sin embargo tuvo varios obstáculos en el camino: un carro que salía de un garaje, unas señoras de lento caminar y un perro que lo asustó con su ladrido. El tiempo que tardó fue: 03:30. «Tuve varios obstáculos, esta vez lo haré mejor», dijo Juan Gonzalo. Volvió a intentarlo, y mejoró su tiempo: 03:15. En el tercer intentó alcanzó a bajar el tiempo hasta 03:10 min. Sin embargo, en los intentos posteriores no pudo mejorarlo. Después de diez intentos estaba rendido.

    —Tres minutos diez segundos es muy buen tiempo —lo animó el chico—, ¿por qué no me dejas intentarlo a mí a ver si logro superarte?

Juan Gonzalo observó al chico y dudó de que éste pudiera vencerlo a él. Era muy flaco. Pero para probarse, decidió dejar que lo intentara. El chico le entregó el reloj a Juan Gonzalo, y le explicó cómo se manejaba.

Juan Gonzalo gritó: «Uno, dos, tres». El chico salió a toda prisa. Juan Gonzalo sintió temor, quizás el chico sí lo pudiera hacer en mejor tiempo. Alternaba la mirada entre el cronometro y el frente. El tiempo pasaba. Cuando el cronometro marcó 03:10 y el chico aún no se veía, Juan Gonzalo levantó sus brazos en señal de victoria. Ahora sí estaba convencido de que ganaría el Tour de Francia algún día.

Felipo Zaná

La verdad literal era que estaba enamorado de Mariana, sin embargo, nunca encontraba las palabras para declararle mi amor; apenas imaginaba una letra, y ya se me hacía un nudo en la garganta. Mi mamá me decía que era un mago con las palabras: sabía español y francés; mi abuela simplemente decía en tono irónico: “Valiente mago, ¿de qué te sirve tener las narices metidas en El Quijote todo el día, si ni siquiera eres capaz de hablarle a una mujer?”.

Por esos días me dedicaba a la traducción de El Quijote del español al francés. Era un buen ejercicio, veía cómo las palabras van cambiando a través de la historia: unas morían lamentablemente; en contraposición, otras nacían; había también las que traicionaban su primer significado, y ahora connotaban otra cosa totalmente diferente. Las palabras dependían del tiempo y  del espacio; sin embargo, a pesar de tener claro mi tiempo, mi espacio y mi intención comunicativa, mi timidez no permitía que yo encontrara las palabras adecuadas para dirigirme a Mariana.

Mariana era mi vecina, siempre la veía desde el balcón. Mi abuela me observaba con cierto aire de lástima, y un día no pudo soportarlo más y habló: «Regálale una flor, ese es el mejor obsequio para una mujer: una flor significa amor, ternura y cariño. Así fue como me conquistó tu abuelo». Decidí seguir su consejo, así no se me haría un nudo en la garganta.

Fui al Cementerio San Pedro. Allí encontré todo un arsenal de flores, las miraba y las miraba, y no podía decidirme por ninguna. Señalaba una flor y preguntaba su nombre; así fue que me di cuenta de que había: rosas, crisantemos, claveles, pompones, pensamientos, girasoles y orquídeas. Al ver mi indecisión, la viejita que atendía me preguntó: «¿Para quién es la flor, joven?». No supe qué responder. Entonces ella continuó: «Cada flor tiene su significado, así como las palabras: la rosa roja significa amor; la blanca, compromiso; la orquídea, respeto; el clavel, buena suerte. Debe ser muy cuidadoso al escoger, para dar el mensaje adecuado».

«Déme una rosa roja, por favor», dije.

«Rosa roja significa amor», iba diciéndome todo el tiempo en el bus. Estaba contento, la rosa expresaría perfectamente lo que yo sentía dentro de mí. Además, las palabras ya estaban muy gastadas: todo el mundo dice te amo por aquí, te amo por allá. O cuando sienten que el te amo se queda corto, entonces dicen un simple I love you. En cambio, ahora nadie regala flores. «Y ya nadie regala flores, porque la juventud de hoy en día es muy simple», me había dicho mi abuela.

Llegué a la casa de Mariana, toqué a la puerta. Me abrió su mamá.  Cuando Mariana salió, le estiré la rosa. Ella la recibió y me dijo: «Gracias, pero deberías querer un poquito más a la naturaleza».

Felipo Zaná

Milagro del olvido

No lograba decidirme entre Tolstoi y Dostoievski: las conversaciones de salones del primero o los pobres diablos del segundo; uno estaba en edición de lujo, el otro un poco maltratado por los años. Ya tenía bajo el brazo a Gabo, Mishima, Kafka, Neruda y Mutis. Seis libros era todo lo que podía llevar. Decidí cargar los dos rusos por el momento, luego decidiría; seguí revisando anaquel tras anaquel.

Aparte de un buen autor, buscaba buenos libros, de esos que jamás podría comprar nuevos en una librería por su elevado costo, o aquellos escasos, que nunca se encuentran, así se recorran todas las librerías de la ciudad. Para eso son los trueques literarios, son la oportunidad perfecta para librarse de los libros olvidados en casa, esos que se llenan de polvo o que sirven para estabilizar la mesa, aquellos que cuando se prestan a un amigo, muy en el fondo, deseamos que nunca nos los devuelvan; sin embargo, no lo manifestamos verbalmente, por esa manía de cifras, que, aunque no dan cuenta de nada, nos gusta que aumente, que la biblioteca sea admirada, ¡Ah tenés esta maravilla!, la he buscado toda la vida. Sí, la tengo, fue bastante difícil conseguirla. Y a cambio de esos libros de poco afecto que entregamos, salimos, por ejemplo, con un magnífico ejemplar de Tomás Gonzales o El mundo de Sofía.

En Francia no pude leer lo suficiente, me concentré por completo en mis estudios avanzados, así que moría de ganas por leer, leer buena prosa.

Cuando estaba a punto de dar la segunda revisión a todos los anaqueles, lo vi; aquel libro por cuya causa garabateo estas líneas. Se trataba de Milagro de la Rosa de Jean Genet. Autor nunca leído por mí, pero que numerosas veces lo había escuchado en diversas tertulias. Alcohólico, drogadicto, ladrón y homosexual: esas fueron las palabras que me vinieron a la mente. Sin embargo, no dejo que mi juicio se deje llevar por esos detalles, este autor había sido recomendado por Victor, debes leerlo, y rara vez me ha recomendado algo de poco valor. Otro más a los libros que llevaba, el juicio final sería difícil. Neruda y Gabo estaban a salvo, pero no así Kafka, el otro colombiano, los rusos, el japonés y el francés. Volarían cabezas, dos para ser exactos.

Todo sucedió cuando abrí la primera página del libro de Genet. Es posible que a usted, amable lector, le haya pasado; es posible que cuando compra un libro de segunda, o si también es amante de los trueques, le pase, es algo totalmente normal, es más, a mí mismo ya me había pasado antes. Cómo decirlo, Milagro de la Rosa estaba en los anaqueles del trueque, pero ese no era su lugar, debía estar en las manos de Daniel.

Enseguida me fijé en los otros, los detallé; a quienes antes solo veía como rivales que me quitarían algún tesoro; ahora, entre todos ellos, buscaba algún Daniel. Quería preguntarle cómo había podido ser tan canalla, quería decirle que Juli Alegría no se merecía semejante canallada; es cierto que no conocía sus historias, pero quería decirle que era un hijueputa. Ninguno de los presentes tenía cara de ser tan canalla, sin embargo, quise asegurarme y pronuncie el nombre de Daniel en voz alta. Nadie se sintió aludido, y todos siguieron con sus miradas en los estantes, buscando lo que buscaban. Cuando se trata de libros, suelo irme a otro mundo, y no reparo mucho en el mundo exterior; los presentes parecían ser de la misma calaña, así que volví a decir Daniel, pero esta vez en un todo más alto. Dio resultado, alguien levantó su rostro, pero quizás al no reconocer la cara de quien lo llamaba, siguió en lo suyo. Me acerqué a él, y tocándole el brazo, le dije: “Daniel, tengo que hacerte unas preguntas”. No, se equivoca, no me llamo Daniel.

Daniel no era él. Volví al libro de Genet, y leí nuevamente la dedicatoria, que decía así:

Ya, ya el viaje está cerquita. ¡Cómo pasa el tiempo! Me acuerdo hace unos meses, vos hablando de todas las expectativas: “Independencia, tiempo para pensar…” Las expectativas nos han alcanzado, tu sueño se hace realidad, te vas… Daniel, te admiro por ser siempre vos, por luchar y defender tus cosas; me pusiste a pensar, a hacer un alto en el camino, mirar hacia a mí y preguntarle a esa completa desconocida: ¿Quién sos? ¿Qué querés? ¿Por qué añoras lo perdido?

En mi corazón siempre estarás vos, tu acelere, tu conversadera, tus amores obsesivos, tu Machado, tu Homero, tu Kavafis, tu literatura, tu revolucionario corazón, tu música; tu pasión por escribir, por expresar a través de las palabras cada fibra de tu ser, y cada cabello de los que te rodean; tu odio hacia las cadenas y los valores establecidos en esta sociedad, tu singular locura, tu Borges, tus olvidos.

Aunque nunca lo dije, te aprendí a querer, fuimos amigos de “casa”, una amistad que no iba más allá de visitas: rara y distinta… Me gustó. Espero que aprendas demasiado, pero sobre todo que vuelvas algún día… El primer concierto de piano va para ti. Solo me queda decirte “Suerte”.

Te quiere, Juli Alegría.

Escríbeme:

Cll 4 # 15ª – 97.

La releí un par de veces más. Me sentí triste por Juli, y un terrible odio hacia Daniel. Ya eran tres los que estaban a salvo: el francés se había sumado a los dos primeros.

Volví al día siguiente al trueque esperando ver a Daniel. Llevaba el libro de Milagro de la Rosa, esperando que él me reconociera, se acercara y me dijera: Oiga, se lleva usted un buen libro. Ahora no me fijaba en los libros, sino que lo hacía detalladamente sobre cada una de las personas. Comprendí que es más difícil leer en un rostro que en una hoja. No podía decir quién era Daniel. Sin embargo, tiempo después supe que sí lo había visto, que Daniel estuvo allí, y supe las razones de por qué no había hecho ningún comentario sobre mi libro.

El trueque literario solo duraba dos días, así que al final de la tarde me sentí insatisfecho. Ya no podría encontrar a Daniel. Justo en ese momento, cuando se cerró ese camino, pensé en otro que tal vez desde un principio debió ser más obvio: Juli Alegría. Tenía su dirección. Pero qué le podía decir a Juli; con Daniel, lo tenía claro: cómo puede usted deshacerse tan fácil de este libro, sabiendo que se lo dieron con tanto amor, es usted un gran canalla. Con Juli, todo era distinto, que le podría decir: se acuerda de Daniel, pues mire, el dejó el libro que usted le regaló por ahí, no le importó, mire. ¡Ah, no le podría hacer semejante cosa a Juli! Es posible que ella se lo imaginara, que Daniel hubiera vuelto, que ellos hubieran tenido su historia y que por “x” o “y” circunstancia se terminaron odiando, entonces lo lógico, es que ella se imaginara eso. Sin embargo, también podría estar inocente, es más, podría no saber que Daniel volvió, que así como nunca le escribió, tampoco le habría telefoneado, no, no le podría decir semejante cosa a Juli, lo mejor sería que se dedicara a su piano. Sí, su amor y dedicación a su arte, sin duda la ayudarían a olvidar a ese canalla.

“Milagro de la Rosa” no lo quise leer inmediatamente, me quería olvidar de todo ese asunto, así que comencé con Mishima, luego siguió Gabo, quedé tan maravillado con él, que presté su obra completa en la biblioteca. Con Mishima y Gabo, me dieron ganas de leer a Kawabata, luego volví a Mutis, a Neruda y a Dostoievski. Cuando terminé con todos ellos, fui donde Victor, y me prestó otros autores: no me gustaron tanto.

De todas las Centrales de Francia, Fontevrault es la más turbadora. Es la que me ha producido mayor impresión de desamparo y desolación, y sé que los reclusos que han conocido otras cárceles han experimentado, con sólo oírla nombrar, una emoción, un sufrimiento, comparables a los míos.” Había comenzado la lectura de la novela, por tanto tiempo relegada al olvido: Milagro de la Rosa. La leí de un tirón y cuando terminé, salí inmediatamente de mi casa, tomé un taxi, le pase la novela al conductor, y le dije que me llevara a esa dirección.

Ahora que lo pienso, Juli Alegría no era tan alegre. Cuando entreabrió la puerta, pude apreciar un rostro triste, que me decía sin mucha emoción: Daniel, ¿cuándo llegaste?

Felipo Zaná

Translated by Katie Jacoby

I was taken aback when I learned that she had committed suicide. Fourteen years before, we had promised to let each other know when we made that decision. That was during our college days, back when we lived from one depression to the next, those sorrows being precisely what had brought us close. We reveled in our talks about loneliness and the futility of life, and we patted ourselves on the back for all kinds of sophisms. We would stay up all night crying inconsolably over a bottle of wine while listening to music or reciting poetry. We read of Werther and he became our lone hero. Sometimes we would also read María Mercedes Carranza’s poems. We would talk about the different ways to die, from the most painful and bloody options to simple carbon monoxide, making our way through the most distressing methods. Be it by letter or phone call, we decided that we would inform the other when we finally made the fatal decision; I received neither letter nor call. After college, we fell more and more out of touch. Years later, she told me she was getting married. I didn’t attend the wedding.

It was a friend of ours from the university who told me about her suicide. I happened to run into him in the street, and the first thing he said to me was, “Did you hear about Andrea?” Seeing me shake my head, he dropped the news on me together with fourteen years’ worth of memories, memories so intense that they knocked me over. I refused to ask for details, nor did I let him tell me them. I felt sick. The last thing I’d heard from her was that her marriage was going swimmingly. Her getting married had been another broken promise; we had sworn to never marry. I thought to myself that she very well could have gone ahead then and committed suicide after all, that the whole deal about the promises had been from a time long behind us, and that I was the only sucker still living in those memories.

That night I went to the bar that we used to go to all the time during our days of mutual turmoil. Sure enough, the bar had the same message for me: “Everything changes: places, things, and people alike.” It still had the same name and location, but the management had changed. The tables and chairs had been moved around, now arranged as if in position for battle, ready to attack the memories and nostalgia of the former regulars who came back to visit. Still, I stayed, it being the place where I had the most memories of her. That night I got drunk and wept. Tormented, I felt that I couldn’t take any more. Everything hurt, much more than the old aches ever had. I felt like a coward for still being alive, but I hadn’t broken my promise, and that was one thing I couldn’t forgive her for: her failure to keep her word. Her words still felt warm in my mind: “I’ll let you know the day I decide to kill myself.” So, what happened, Andre?

I cried harder, despising everything. I had every intention of killing myself. But it wasn’t the right time yet; there was still a lot to remember about her. I wondered what her marriage must have been like. I saw it pass through my mind in a second’s time: the proposal would have been first, then the “yes,” later the wedding night, followed by the children, and of course at every turn the promises and the past utterly forgotten. I remember that she once called to ask me if I wanted to be the godfather of her first son. I was drunk—I was always drunk in those days—and I remember that I asked her why she thought her children were anything to me. Yes, the children and the happy marriage served to blot out the promises, immersing her in a life very distinct from the one of our youth. Our friends from college would tell me how well Andrea’s life was going for her, that she had really won the lottery with that husband of hers, and that her two kids were absolute darlings, especially the older one. I left the bar, swearing that I’d never return because of its betrayal of the past, and decided to go to another bar unconnected to her, wanting to think about her in a different place. With every glass of wine, I cursed her over and over again. “What happened to your charmed life?” I screamed. I knew that her suicide didn’t have anything to do with the past because she had betrayed it; I also knew that there couldn’t have been any remorse for having betrayed that past because you don’t feel remorseful over something you’ve completely forgotten.

After college, I called her on various occasions to tell her that I was finally ready to go through with it. And she would tell me to be mature, that if I was going to stay stuck in that phase all my life, I needed to grow up. And I would tell her through tears that fine, I wouldn’t do it then, I’d grow up. So, what happened, Andre?

I feel that I did stay in that past, and everything from that time still surrounds me. I didn’t move on. I still remember when I met Andrea Arenas, later Andre, later Doctor Arenas, later Mrs. Ramírez, but I have very few recollections of those last two, hardly knowing them. Ah, what a despicable way for you to treat our past, Andre. Andre, I’ve always remained faithful to the past, continued in my sensibly senseless bohemia, in my teary depressions, kept navigating the lagoons of cheap wine. Andre, if you only knew how much I long to end my life, but you’ll see that I keep my promises. I’m faithful to our past. I can’t call you, can’t write; I just remain with this desire to kill myself. Oh, Andre; oh, my Andre—why?

Felipo Zaná