Capítulo 3:
I. La carta
3
La carta, si tan sólo supiera dónde va la carta. A menudo aparece en mis sueños, unas veces se desprende del bolsillo de Juan, quien no se percata y sigue su camino. Sucede entonces que la carta comienza a recorrer el mundo por sí sola, buscando a Lina-Pau; la hoja es movida por los pasos, por el empuje de la tinta. En el transcurso del viaje se va desgastando: el polvo, el pantano, el agua, el viento la van destruyendo y llega casi exangüe donde Lina-Pau, da su último suspiro de vida al verla, y muere. Ella no puede leer ni una línea. En su rostro se dibuja un gesto de desencanto. Justo en ese momento despierto de golpe, pero es aún peor estar despierto.
Desde mi casa no ha vuelto nadie a decir que regrese y que deje a un lado mi estéril propósito. Venían de manera constante a repetirme que toda casa necesita de su dueño, y que la mía no era la excepción, que semejante locura jamás se había visto en mi familia. Pero eran inútiles los ruegos, mis raíces estaban bajo tierra.
Las mariposas son mis amigas, siempre están alegrando estas soledades. Sin embargo, es triste ser su amigo, se despiden demasiado pronto. Medito mucho en ellas, en todas las vidas que tendrían que vivir si quisieran acompañarme en mi espera. Creo que se cansarían luego de algunos meses.
La carta, ¿dónde irá la carta? Repaso en mi cabeza cada línea, y me pregunto cuál será la que bisecará su corazón. Están una junto a la otra, sin ningún vacío entre ellas; todo la hoja plagada de tinta y pasión. A veces pienso que en vez de tal palabra habría podido usar tal otra, pero son cosas que ya no tienen remedio. Creo con toda certeza que esa carta la traerá aquí, a mi presencia. Será el puente donde se encuentren mi expresión y su deseo. Y así Lina-Pau haya viajado por todo el mundo, tendrá necesidad de mí, de la misma forma en que yo necesito de ella.
En medio de la espera continúo escribiendo más cartas. Cada nueva hoja es una nueva promesa. Cada escrito parece mejor que el anterior, así que deseo la presencia de Juan, para mandar el que acaba de nacer.
Los caminos de este mundo son muchos; Juan debe de estar haciendo su mejor esfuerzo, o será acaso que ya lo hizo. Siempre apelo al esmero que tiene por su oficio. Creo que es un buen cartero. Sin embargo, desearía que el mundo fuera un lugar más pequeño, que se pudiera recorrer en menos tiempo.
La tierra lo sabe todo, ella sabe cuántos árboles y flores posee, sabe desde cuándo estoy aquí. Todos la pisamos al menos una vez, incluso los pájaros. Por eso trato de que mis raíces vayan más al fondo, para averiguar todos sus secretos y misterios, para que me diga dónde está ella. Quiero que me cuente sobre su forma de caminar, y de los lugares que ha recorrido.
Escribir es un buen remedio para la espera, a veces se me va todo el día en ello, y apenas me doy cuenta del momento en que cae la noche. También escribo sobre lo que veo alrededor mío; cada pájaro, cada árbol, cada mañana, ya no desaparecerán de este mundo en el completo olvido, ahora son eternos, ya me encargué de que sean recordados. Sé que escribir no es en vano, que Lina-Pau y yo ganamos un año más de vida con cada carta que escribo.
Una idea me llega a la cabeza, agarro la L para escribir algunas líneas, pero al hacer contacto con la hoja, no pasa nada, sigue intacta. Agito la letra en el aire, intento de nuevo, pero el resultado es igual. Quedo absorto por unos instantes, tratando de comprender qué está pasando. Dejo la L a un lado, y me distraigo observando una mariposa que está cerca. Su vuelo es bello, pero pienso por qué. Desentierro la i, con sutileza la deslizo sobre la hoja, y nada, no sale ni una palabra. La restriego con violencia y la hoja se rompe, pero nada, no sale ni una gota de tinta. Pruebo con cada una de las letras, pensando que quizás la P no me defraudará, sin embargo tengo que enfrentar la realidad: la tinta de las letras se ha agotado. Hasta el momento no se me había ocurrido que tal cosa pudiera suceder. Aunque era previsible, —nada dura para siempre— esperaba que las letras fueran la excepción.
Comienza una nueva etapa de la espera, una más pura y terrible. Cada hoja comienza a caer, y no hay reemplazo. Un viento que parece eterno, me va deshojando y descartando, quedo desnudo por completo, como un paisaje desolado o una historia sin terminar. Ya nada es bello en los alrededores: todo es naturaleza muerta. Se ha ido la belleza.
Ahora en mi desnudez, el viento es cada vez más fuerte y furioso. Corre de aquí para allá, sin mirar con quién tropieza. El sol quema como una llama. El olor de las naranjas, podridas en el suelo, me oprime. Los pájaros sólo se posan sobre los otros árboles. Tal parece que me hubieran abandonado a mi suerte.
No crecen más hojas en mi cuerpo, no hay tinta en las letras. Cómo escribir entonces, cómo seguir dándole vida a Lina-Pau. Quiero que viva. Su muerte sería más dolorosa incluso que la mía.
Las noches son terribles, se acentúa aún más la soledad, y esta espera se torna inaguantable. Un miedo crece dentro de mí. Ahora comprendo por qué Dios creó la luz, de pronto él también tenía pesadillas en la noche, y se levantaba sudando y temblando.
La naturaleza siempre está en constante cambio: ahora la tierra ha perdido su generosidad. Nadie visita este naranjal: ni personas de mi casa, ni viajeros extraviados, ni Lina-Pau, ni Juan, tal parece que el tiempo es el único peregrino que nunca deja de transitar por estas soledades. El tiempo, devorador de naranjas, de amaneceres, leñador con hacha y sombrero; él, él es quien más trata de atormentarme cada día. Son sus días y sus noches los que me hablan de la soledad, de los pasos en círculo que da la espera.
Las hojas de los otros árboles son arrastradas por el viento y quedan a mi alcance; sin embargo, nada puedo hacer con ellas: la tinta se ha agotado. Además no es el destino de esas hojas ser manchadas por mí.
Veo a los demás árboles y me pregunto cómo hacen para ser tan impasibles; en las fuertes lluvias, parece que sus ramajes apenas se movieran. Las gotas no los golpean, sino que se deslizan por sus robustos tallos. Lo mismo sucede con los rayos del sol, pareciese que en su impasibilidad absorbieran toda su energía. Los veo respirar vida mientras yo respiro muerte. Todo se vuelve vano; ellos siguen abundando en hojas, yo nada puedo hacer.
Este naranjal ahora me recuerda un cuadro del abuelo: Una cárcel natural. Se trataba de una pintura en la que un hombre estaba encerrado dentro de un bosque, y eran los árboles quienes hacían el papel de barrotes. Recuerdo que me fascinaba el aspecto de los árboles. Eran de un tallo en extremo delgados, pero frondosos. La cárcel estaba formada por cedros, naranjos, almendros, mirtos y robles. Dentro, un hombre desesperado cavaba una tumba. Comprendía que hacía aquello porque prefería la muerte al encierro, pero no entendía por qué podía considerarse ese lugar una cárcel; me parecía un paisaje bastante bello. Además, esos árboles de distintas latitudes permitían el paso entre ellos. No lo comprendía, hasta ahora. Igual que todos sus cuadros, estaba firmado por Don, pero en éste, la firma estaba en un lugar particular, se encontraba justo encima de la tumba que cavaba el hombre.
Tendré que abandonar el naranjal, y buscar por mí mismo a Lina-Pau, tengo el presentimiento de que algo malo pasó, y que si me quedo aquí, esperaré toda la vida en vano. A veces dudo de Juan, qué tal si encontró un lugar agradable para vivir, y decidió no continuar su búsqueda; o qué tal si se enamoró y lo abandonó todo. Al fin y al cabo, nada tenía que agradecerme, en nada estaba obligado para entregar la carta. Lo imagino en una casa de campo, con mujer e hijos, atizando el fuego, mientras ella teje y los niños juegan.
Si ella no aparece hoy, partiré en su búsqueda. El día transcurre con igual monotonía, pero hay algo diferente que no se percibe con la vista, creo en su llegada. Es difícil saber de dónde proviene la certeza, pero hoy es el día, a pesar de la niebla que cubre este lugar, sé que ella avanza a gran velocidad, que nada la detendrá, que está cerca, y que hoy la veré. Todo el tiempo que esperé se me hace corto, si lo comparo con las pocas horas que acaso faltarán. Es la primera vez que presiento un hecho con tal intensidad. Es una certeza que se aleja del engañoso deseo de los días anteriores. Ella se acerca a gran velocidad, esquivando árboles en medio de la niebla.
La tarde transcurre y aún no llega…
Con la noche encima, me pregunto dónde está. Si no ha venido, lo más seguro es que no ha leído la carta. Ya no tengo certidumbre de nada, el deseo se mezcla siempre con el temor. Esta noche es más terrible que todas las anteriores en conjunto. Algo debió de pasar con Juan, seguro me ha traicionado, cómo pude confiar en él, sin siquiera conocerlo. No, no quiero pensar en nada, no quiero más preguntas. Remuevo la tierra alrededor mío. ¿Dónde está ella? No puedo esperar más con esta incertidumbre que parece matarme. Algo pasó. ¿Dónde está la carta? Remuevo la tierra, la arrojo lejos, y cae sobre los demás árboles. Con ella salen piedras y lombrices. La naturaleza va cambiando. A medida que remuevo la tierra, va creciendo la hierba. Mis raíces se mueven, presienten la libertad, comienzan a desentumecerse; ahora son de nuevo pies, hechos para recorrer el mundo, y no para la espera. ¿Dónde está Lina-Pau? La encontraré pase lo que pase. Remuevo la tierra, y doy un salto.